Wilbur Schramm y la importancia de la comunicación para el desarrollo social

Por Eduardo Portas

@EduPortas

Resumen: Este texto abordará las principales aportaciones del teórico estadounidense Wilbur Lang Schramm a la ciencia de la Comunicación, basándose en los principales escritos del autor: el ensayo “The nature of communication between humans” (1954), el libro Mass media and national development. The role of information in the developing world (1964) y otros textos que enfatizan la importancia de la televisión en las sociedades en vías de industrialización. Schramm fue un fuerte impulsor de la Comunicación como herramienta de desarrollo y mantuvo que la comunicación es un complejo proceso social que tiene efectos en las personas a través de la información enviada, consumida y procesada por los medios masivos. Los medios cumplen una función social y son fundamentales para entender el desarrollo y hacer avanzar a las sociedades. El autor es crucial para entender la importancia que las nuevas ramas de la Comunicación dan a los segmentos (targets) específicos: en efecto, desde 1954 Schramm ya hablaba de este concepto para lograr un proceso efectivo cuando se quieren lograr avances macro-sociales. En su opinión, estos “campos de experiencia” son obligatorios para desarrollar “factores de atracción” entre el medio y la persona que recibe cierta información del emisor, la cual tendrá mucho mayor posibilidad de ser aprovechada por el receptor si los encuentra socialmente relevantes.

[Nota del autor: Con algunas modificaciones, este artículo se publicará en un libro editado por la Universidad Iberoamericana durante el 2018. Se coloca en este sitio como respaldo digital de ese valioso esfuerzo. Si usted desea citar este artículo favor de hacerlo, en sistema APA, de la siguiente manera:

 

Portas, E. (2017). “Wilbur Schramm y la importancia de la comunicación para el desarrollo social”. DifusorIbero.com. Revisado el (día) de (mes) de (año). Disponible en https://difusoribero.com/2017/12/28/wilbur-schramm-y-la-importancia-de-la-comunicacion-para-el-desarrollo-social/]

I. Introducción

Hacia finales del 2017, el diario The New York Times publicó un largo reportaje firmado por Azam Ahmed, su corresponsal en México, que estimó en unos 2 mil millones de dólares el gasto del gobierno federal en propaganda oficial en un periodo de cinco años, es decir, desde el inicio del sexenio de Enrique Peña Nieto (“Using Billions in Government Cash, Mexico Controls News Media”). El texto causó un buen alboroto en los medios locales, pues según el diario más prestigioso del mundo, ellos serían los principales beneficiarios del dispendio gubernamental, convirtiéndoles así en mansos repetidores de información oficial. Lo que el reportaje omitió escribir, sin embargo, es que la prensa en México ha trabajado de la mano del Estado durante décadas, asumiéndose uno como indispensable para el otro, en una particular simbiosis difícil de entender para cualquiera que la analiza desde fuera. Tampoco se dijo que el Estado mexicano está obligado Constitucionalmente a difundir la cultura y promover sus acciones a todos los habitantes de este país mediante los principios de máxima publicidad en los medios electrónicos, radiales y televisivos (artículo 2º, 4º, 6º), un principio que la Carta Magna también otorga a los partidos políticos y candidatos independientes (artículo 116). De hecho, en nuestro país el Estado tiene la obligación de garantizar a los ciudadanos el derecho de acceso a la información y comunicación, así como los servicios de radiodifusión, telecomunicaciones, e internet, según diversos artículos Transitorios del mismo documento. Queda claro entonces, que la particular naturaleza de los media mexicanos se encuentra atada a la promoción legal que el Estado hace de sus propias acciones.

Ese entramado legal se encuentra en la Constitución, como dije arriba, pero también en diversas leyes federales vigentes, incluyendo la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión (2014), derivada de la primera Ley Federal de Telecomunicaciones (1995). Anteriormente, era la Ley Federal de Radio y Televisión (1960), la que delineaba los derechos del Estado sobre el espectro radioeléctrico. El texto fue abrogado apenas en el 2014.

Es innegable que el desarrollo posrevolucionario de la primera mitad del siglo XX estableció las bases del poderío del Estado sobre los medios electrónicos mexicanos, y, en menor medida, de los impresos. Pero esas ideas centralizantes y monolíticas también se deben a Wilbur Schramm (1907-1987) , uno de los padres estadounidenses de la ciencia de la Comunicación y el principal impulsor de los medios como herramientas para el desarrollo durante la posguerra y las décadas inmediatas posteriores a la segunda mitad del siglo XX. Nuestro país aún guarda una enorme influencia de los principales postulados de este autor, pues ha tomado a corazón su principal fundamento ideológico e intelectual: comunicación y desarrollo son indivisibles; para que una sociedad manifieste desarrollo, debe desarrollar sus medios y sus vías de comunicación.

Para Schramm–quien trabajó como académico en las universidades Iowa, Illinois en Urbana-Champaign, Stanford y en el East-West Center’s Communication Institute de Honolulu–la comunicación se basa en relaciones. Para que los medios puedan sobrevivir deben “entrar en sintonía” con las audiencias distantes físicamente. Así, afirma este sociopsicólogo, los medios logran entablar relaciones con sus audiencias a través de mensajes que provienen de ideas. Es decir, el reto último de los medios se plantea en el cómo convencer a la gente para que haga el cambio y acepte la innovación, puesto que ésta es inevitable. El problema, según Schramm, es que el cambio produce tensión, la cual solo se resuelve cuando se produce el cambio en su última instancia. Estos postulados “desarrollistas”, no sin efectos secundarios, pretenden meter al “tercer mundo” al camino de la modernización. Para lograr dicho objetivo, mantiene Schramm, es indispensable una prensa libre que promueva ideas de vanguardia, pero al mismo tiempo, y tal vez paradójicamente en el caso mexicano, un Estado fuerte.

II. La naturaleza de la Comunicación humana

El estadounidense retoma el esquema emisor-mensaje-receptor para hacer sus planteamientos fundamentales. Pero en el caso de Schramm, lo que se busca es la mayor eficiencia posible para que ciertas audiencias específicas reciban los mensajes y actúen a partir de ello. En su ensayo “The nature of communication between humans”, publicado originalmente en 1954, Schramm le llamó “campos de experiencia” a estos requisitos de eficiencia. En esencia, son factores de atracción entre el medio y la persona que recibe cierta información del emisor, la cual tendrá mucho mayor posibilidad de ser aprovechada por el receptor si los encuentra socialmente relevantes. Si esos “campos de experiencia” no tienen relación con la vida del receptor, la información tendrá poco posibilidad de ser utilizada o tan siquiera tomada en cuenta. Estos mensajes deben tener distintos niveles de significado semiótico, según Schramm, para que cuando lleguen al público adecuado puedan comprenderse y, en el mejor de los casos, tomar acción. Su framing debe ser adecuado, explica. En esencia, este es el mismo concepto que los publicistas y expertos en mercadotecnia conocen como “target”, pero en el caso de Schramm no se busca vender más, sino lograr que las ideas de desarrollo social penetren en los grupos expuestos a ideas modernizadoras.

Vemos entonces a comunicación no sigue un proceso mecanicista, sino que, afirma Schramm, es un proceso de relaciones, un acto que implica compartir, y no una acción en donde alguien impone algo a un tercero, pues las audiencias son selectivas, altamente activas y “manipulativas” con el mensaje que reciben, al contrario de lo que tradicionalmente se ha pensado (p. 8). No existe la aguja hipodérmica o “bala mágica”, como le llamó el estadounidense, que transfiere ideas automáticamente de una menta a otra. En pocas palabras, la audiencia no actúa como un “blanco” inamovible, como demostraron muchas otras investigaciones desde mediados del siglo XX. Resume el autor:

La égida social bajo la cual viene el mensaje, la relación social entre el receptor y el emisor, la percepción de consecuencias sociales de aceptar y actuar a partir de él, deben ser unificadas con la comprensión simbólica y naturaleza estructural del mensaje, las condiciones bajo las cuáles se recibe, las habilidades del receptor y sus capacidades innatas y respuestas aprendidas, antes de poder predecir con cualquier seguridad las consecuencias de un acto de comunicación (pp. 7-8, traducción propia, así como todas las siguientes).

Es importante resaltar que para Schramm los grupos de personas con los cuales una personas se reúne se vuelven esenciales para analizar sus hábitos comunicativos, tomando en cuenta que su membresía les permite seleccionar y reaccionar a los mensajes para defender las normas comunes valoradas por el mismo grupo (p. 9). “Así entonces, la comunicación se basa en relaciones” (p. 13) y para que los medios pueden sobrevivir deben “entrar en sintonía” con las audiencias distantes físicamente (p. 14). Pero además, “los mensajes rara vez tienen un único propósito, y frecuentemente el contenido manifiesto no es contenido importante en sí […] gran parte de su contenido potencial se encuentra más allá de la palabra” (p. 19). Schramm, que también trabajó como reportero en The Boston Herald y después como empleado de la Oficina de Información de Guerra de Estados Unidos (Office of War Information) durante la Segunda Guerra Mundial, incluye a la tipografía, orden y arreglo de la información, longitud de los textos y cabezas como algunos de los referentes que contribuyen a la comprensión de significado, tanto de forma verbal como no verbal. “Pero además, un mensaje tiene dimensiones y espacio; tiene estructura dentro de situaciones sociales y relaciones, en donde dentro de ellas están los marcos de referencia de cada individuo” (p. 32).

Ahora bien, puesto que las personas no son jarrones vacíos que esperan ser llenados “las personas acuden a los medios sabiendo lo que quieren, no lo que los medios pretenden darles”, opina Schramm (p. 51). Existen muchos medios, tienen opciones, pero aún así mantienen “sus defensas en alto” y defienden fuertemente sus creencias, agrega.

Para terminar su fundacional ensayo, el connotado investigador estadounidense opina que en general, en una sociedad democrática, los medios tratarán de mantener el estatus quo, y a menor posibilidad de control mediático, será más probable que no se les pueda imponer un solo patrón de creencia o conducta a las audiencias. Eso, a la larga, produce cambios graduales, casi imperceptibles, en la sociedad. En especifico, los cambios a largo plazo provocados por los medios son como una estalagmita que acumula residuos calcáreos durante cientos de años (p. 52).

III. La televisión y el desarrollo para la modernización

A finales de la década de los 60, Schramm estableció que la mayoría de los estadounidenses tenían a la televisión como su fuente principal de información durante épocas electorales (Schramm & Wade, “The mass media as sources of public affairs, science, and health knowledge”, 1969). Pero aunque los individuos comprendían la información televisiva que recibían a nivel superficial y temático, en este caso del lanzamiento del satélite Sputnik, no lograban descifrar las implicaciones científicas complejas del mismo. Sin embargo, precisó Schramm, sí lograron entender las implicaciones políticas de ese hecho y lo que significaría para los Estados Unidos que Rusia se adelantara en la carrera espacial. La información pertinente a la salud pública y la ciencia, sin embargo, provenía de fuentes impresas y, en general, las personas con mayor nivel de instrucción obtenían su información de más de una fuente. Según el propio autor:

El nivel educativo es un fuerte indicador del uso de los medios masivos […] A medida que individuo tiene más educación, es más probable que utilice a los medios impresos como su fuente principal de noticias e información […] Es más probable que la elección de los medios impresos como la fuente principal de información traiga mayor conocimiento y mayor profundidad del mismo […] (p. 206).

De esta forma, el investigador determinó que la televisión sirve para moldear la opinión pública a través de la difusión de asuntos públicos que son empaquetados como “actos” (events) que “tienden a capitalizar el momento presente” y los medios impresos, mientras tanto, dan información que amplía la perspectiva de aquel los consulta (p. 209). En pocas palabras, y pensando en las posibles adaptaciones de este modelo a la comunicación para el desarrollo de países tercermundistas:

Salimos de la escuela con un mapa cognitivo, con espacio de vida organizado, y con ciertas habilidades de aprendizaje y hábitos. Una mayor educación significan más habilidades y una mayor gama de intereses–en pocas palabras, un mapa más complejo. A través de los medios, principalmente, llenamos este mapa. A través del desfile de eventos televisivos, que es más vívido y dramático portador de eventos, tendemos a completar hechos y hallazgos, pero para añadir conceptos y entendimiento tenderemos a elegir los medios impresos que son más lentos, los cuales pueden, con mayor facilidad, ofrecer perspectiva e interpretación (p. 209).

Schramm entendió que los países en vías de modernización carecían de los elementos estructurales de una prensa escrita como la que ya existía en los Estados Unidos. Aunque un porcentaje pequeño la población de los países en vías de desarrollo siempre profundizaría las consecuencias de un hecho a través de los medios impresos, la enorme mayoría permanecería afuera de ese círculo de conocimiento. En la década de los 60, sin embargo, Schramm comprendió que la televisión sería el instrumento más adecuado para modernizar a las sociedades en vías de desarrollo y que su avance en Latinoamérica, en particular, rebasaría rápidamente los esfuerzos que las autoridades habían hecho para alfabetizar a sus ciudadanos. Este nuevo aparato sería el gran instrumento para unificar y cimentar una fuerte identidad nacional, así como empujar ideas modernizadoras entre las masas.

Así, Schramm recibió el apoyo de la UNESCO para publicar Mass media and national development. The role of information in the developing world (1964), tal vez su obra más importante. En dicho texto, el estadounidense afirma que la “esencia del desarrollo económico es un rápido crecimiento en la economía productiva de una sociedad, la cual busca ahorrar e invertir en acciones productivas” (p. 21). De esa forma, el reto de los medios se plantea en el cómo convencer a la gente para que haga el cambio y acepte la innovación, puesto que éste es inevitable. Para ese esfuerzo, tanto los gobiernos como las empresas y los intelectuales, requieren el apoyo de los medios, pues el flujo de información que suscita una nación que intenta modernizarse proporciona un ambiente de desarrollo nacional y posibilita la aparición de conocimiento especializado en los sitios en donde se necesita, además de abrir foros de discusión, liderazgo y toma de decisiones (pp. 43-44). En palabras de Schramm, “ayuda a elevar el nivel general de aspiraciones”. Pero el cambio no es automático, advierte. No se dará de forma tersa o eficientemente a menos que la gente quiera cambiar. Explica Schramm:

Generalmente, el incremento en el flujo de información coloca las semillas del cambio […] Al hacer consciente a una parte del país de otras partes del mismo, de su gente, arte, costumbres y política; al permitir que los líderes nacionales hablen con la gente, y que la gente hable con los líderes y entre ellos mismos; al hacer posible un diálogo a nivel general sobre las políticas nacionales; al mantener los objetivos nacionales y los logros siempre ante el público—así, la comunicación moderna, utilizada sabiamente, puede ayudar a unir comunidad aisladas, subculturas dispares, individuos centrados en ellos mismos y sus grupos, así como avances aislados en un verdadero desarrollo nacional (p. 44).

Para Schramm es absolutamente esencial que los medios participen en la construcción nacional para lograr un verdadero esfuerzo colectivo que lleve a buen puerto un plan de desarrollo elegido. Eso implica inversiones considerables del Estado y de los privados, dice el autor, para desarrollar los siguientes campos: radio, periódicos locales, una agencia nacional de noticias, películas y, sobre todo, la televisión. Como mencioné anteriormente, la televisión ocupa un lugar privilegiado en el desarrollo social de la segunda mitad del siglo XX. Para Schramm, el problema más importante a resolver de un país en desarrollo para comenzar a utilizarla de lleno es uno presupuestal. Se requieren políticas públicas para comprar transmisores, estudios y equipo de estudio, programas, receptores, entrenar técnicos, y darle mantenimiento a los aparatos. Esto requiere planeación. Pero además, el país que decide utilizar a la televisión como su medio privilegiado de comunicación debe decidir si acepta o no publicidad en sus transmisiones. El autor no encuentra problema en dicho esquema, ya sea en un esquema público o privado. Cito a Schramm:

No existe razón aparente por la que un nuevo estado, si así lo desea, no apoye a su televisión en todo cuanto pueda a partir de los ingresos que recibe a través de la publicidad y aún así controlar el contenido de sus transmisiones a su gusto y necesidades (p. 45).

Más allá de esa decisión, el verdadero quid del problema, para este autor, reside en la naturaleza de la televisión que querrá desarrollar una nación. Schramm reconoce que los programas de entretenimiento como los “westerns”, misterios criminales, comedias, shows de variedad y eventos deportivos han adquirido enorme popularidad en los países desarrollados y que, en esencia, no tienen nada que ver con la promoción del desarrollo económico de un país. A pesar de eso, afirma, puede ser “altamente atractivo” ofrecer este tipo de programas para cumplir una función “relajadora” entre las masas, siendo tal vez la mezcla de estos programas junto con noticiarios, programas instruccionales y programas de asuntos públicos suficiente para justificar el gasto en desarrollo televisivo (p. 45). Ante todo, la visualización del aparato televisor puede justificarse porque muy probablemente se hará en espacios públicos como escuelas, centros de adultos mayores. En ese caso, la programación debe tender hacia programas instruccionales “serios”, opina Schramm, siendo la programación de la televisión divida por secciones, dependiendo del grupo específico al que va dirigida: por la mañana y el día a los niños, por la tarde y la víspera a los adultos que desean educarse de esta forma, incluyendo transmisiones para zonas rurales. Hacia la tarde-noche se podrían mezclar programas de entretenimiento con la programación educativa-instruccional dirigida a los adultos. Schramm plantea aquí un mundo de posibilidades para aquellas naciones que decidan entrar frontalmente a este esquema modernizante con ayuda del aparato televisor. Reflexiona:

La televisión nunca ha sido utilizada a su máxima capacidad en apoyo al desarrollo económico. Tal vez sea financieramente imposible hacer uso de ella de esta forma. Aún así, la posibilidad es altamente atractiva: ¿Que pasaría si el poder completo y la vivacidad de la educación televisiva fuese utilizada para ayudar a las escuelas a desarrollar nuevos patrones educativos? ¿Qué pasaría si se utiliza en su poderío total persuasivo e instruccional para apoyar el desarrollo de una comunidad y modernizar su agricultura? (pp. 45-46).

A pesar de eso, el autor mantiene que la televisión tiene un apetito feroz de nueva programación. Esto crea nuevos retos para aquellos países que la colocan como herramienta para su desarrollo, pues esto implica que dicha nación, de entrada, pueda producir sus propios programas. Dado que esto es casi imposible al inicio del proceso modernizante, ese país, afirma Schramm, deberá intercambiar, rentar o comprar los programas de otro, lo que crea nuevos retos para la sociedad en vías de desarrollo. Para subsanar los altos costos de este reto, se deben planificar y coordinar acciones entre las carteras de Educación e Información, cuando menos. La burocracia de ambas ramas del gobierno, opina el estadounidense, debe ponerse de acuerdo para comenzar a trabajar en pos del desarrollo, creando, por ejemplo, talleres que enseñen oficios o formen técnicos en lugares en donde no exista el personal suficiente o se carezca de tiempo para entrenar a nuevos trabajadores. Hacerlo de otra forma es un “desperdicio” (p. 46).

Pero hay buenas perspectivas para aquellos países en vías de desarrollo que buscan modernizarse, establece Schramm. Esto sucede porque ya existe, de hecho, una multiplicidad de recursos informativos. Este “multiplicador”, como lo define el estadounidense, ya ha mostrado su potencial en movimientos nacionales y sociales anteriores (el autor no define cuáles, sin embargo).

Debemos recordar que el poder entero de la comunicación masiva nunca ha sido utilizado en ningún país en vías de desarrollo para empujar hacia el frente el desarrollo económico y social. Ahí reside la pregunta que es realmente emocionante: ¿cuánto podríamos aumentar el presente ritmo de avance del desarrollo, cuánto podríamos subsanar de las dificultades del “terrible ascenso”, cuánto podríamos hacer que nuestros recursos sirvieran para más, cuánto más podríamos contribuir al crecimiento de ciudadanos informados y participativos en las nuevas naciones, si colocaremos hábilmente los recursos de la comunicación moderna en apoyo al desarrollo económico y social? (p. 47).

En otro de sus texto, el autor mantiene que aquello que distingue a los seres humanos, es de hecho, su capacidad para crear sociedades comunicadoras y que la complejidad de la sociedad es equiparable a la complejidad de su sistema comunicativo (“El desarrollo de las comunicaciones y el proceso de desarrollo”, 1969). “La estructura de las comunicaciones sociales refleja, así, la estructura y el desarrollo la sociedad”, dice Schramm (p. 4). Pero además, ahí se agregan el volumen de la actividad de las comunicaciones, el cual “refleja el crecimiento económico de una sociedad”. Otros vectores de análisis son, según el mismo autor: la propiedad de las facilidades y servicios de comunicación, el uso intencional de las comunicaciones, los controles de las comunicaciones, el contenido de las comunicaciones (el cual “revela la pauta de valor de una sociedad”), y finalmente los tipos de redes de comunicaciones que “determinan por dónde circulan las informaciones” (p. 4). Es decir, “en el cambio social que denominamos desarrollo ‘económico’, el desarrollo en una línea nunca puede adelantarse mucho al desarrolló en las demás” (p. 5). Cuando esto sucede, se crea un sistema más activo, dice el investigador, y las relaciones “adormecidas” se despiertan, y la productividad aumenta. Pero esto también trae un aumento de tensión:

A fin de crear las condiciones para el desarrollo nacional debe existir un gran enaltecimiento de los objetivos nacionales. Si éstos discrepan en forma notable de la conducta nacional existente, el resultado será una penosa dosis de tensión […] La tensión debe ser lo suficientemente penosa como para alentar la actividad, pero no tanto como para desalentarla. Por consiguiente, se debe crear la tensión, atenuarla mediante la actividad nacional, relajarla temporalmente como recompensa y luego crearla nuevamente (p. 5).

Pero además, elabora Schramm, la comunicación contribuye a todas las “precondiciones” necesarias para el despegue económico de una sociedad, según las definen, desde sus respectivos campos, Daniel Lerner y Walt W. Rostow. El propio Schramm enumera algunas de las funciones básicas que la comunicación debe realizar para lograr dicho crecimiento económico: 1) Las comunicaciones deben utilizarse para contribuir al sentido de nacionalidad; 2) Las comunicaciones deben usarse como portavoz del planeamiento nacional; 3) Las comunicaciones deben usarse para transmitir los conocimientos necesarios; 4) Las comunicaciones deben usarse para expandir el mercado efectivo; 5) A medida que se desarrolla el plan, las comunicaciones deben contribuir a preparar a la gente para el nuevo papel que le tocará cumplir; y finalmente, 6) Las comunicaciones deben usarse para preparar a la gente a desempeñar su papel como nación entre otras naciones (pp. 5-9). Para Schramm, estas variables son esencialmente obligatorias en los países tercermundistas, pues han llegado tarde a la modernización. En los países industrializados, por distintas razones sociohistóricas, no se avanzó de esta forma. Es decir, no existen “culpables” para medir el nivel de avance de las sociedades, simplemente vanguardias y retaguardias, pues todos las sociedades modernos, quieran o no, dependen en mayor o menor grado de la tecnología y de los usos que sus ciudadanos dan a esas tecnologías. La penetración de cada una de ellas variará en cada grupo de personas.

En ese renglón, la educación juega un papel esencial en los países en desarrollo. En este segundo grupo, los medios se vuelven “multiplicadores” del trabajo que realizan los maestros, carentes en número y condiciones ideales para la enseñanza. Van de la mano con la misma estrategia. Aquí, los medios masivos “llevan la carga principal de informar y enseñar al público durante largo tiempo antes que un sistema escolar adecuado pueda cumplir su parte”, pues “en un país en evolución, el uso de los medios de masa como multiplicadores de los maestros cobra una importancia de la que carece un país adelantado” (p. 14).

IV. Algunas conclusiones

Si bien en este trabajo se han tocado las principales ideas de teórico Wilbur Schramm, he dejado algunos temas de lado que considero, aunque sea de forma pasajera, mencionar en este apartado. Junto con Fred Siebert y Theodore Peterson, Schramm fue un asiduo analista de la prensa escrita. Su teoría más popular sobre los medios impresos noticiosos afirma que existen, en esencia, cuatro teorías de la prensa: autoritaria, la cual se desarrolló a finales del Renacimiento en la idea de que la verdad es producto de un puñado de hombres sabios; la liberal, que surgió con los trabajos de Milton, Locke, Mill y Jefferson; la de responsabilidad social, que asume el avance democrático cuando se da igualdad de oportunidades a los candidatos a puestos políticos y los medios asumen su intrínseca obligación como actores sociales; y finalmente, la comunista soviética, una reforzada versión de la teoría de la prensa autoritaria (Four Theories of the Press, 1963).

Pero las ideas desarrollistas de Schramm, si bien tienen más de medio siglo de haberse publicado, mantienen su relevancia en prácticamente todas las áreas de evolución mediática en Latinoamérica y, en particular, en México. No pasa una hora en la que cientos de mensajes de distintas agencias del Estado, órganos descentralizados, políticos o privados utilicen los medios para reforzar la idea unificadora de lo hoy llamamos “México”. Esa entelequia se refuerza todos los días en los medios electrónicos y privados. Nuestros gobiernos, sin importar su inclinación ideológica, han retomado los postulados fundamentales de Schramm (aunque nunca hayan escuchado de él), para empujar lo que ellos consideran como desarrollo. Han entendido, sin duda, que las conexiones entre mensajes y ciudadanos se logran con la creación de “campos de experiencia” semánticos, los cuales van mucho más allá de la palabra escrita, como descubrió Schramm; han comprendido que el contexto social en el cuál se desenvuelven las ideas comunicadas es igual o más importante que el valor denotativo del mensaje, pues el encuadre de las informaciones siempre está inserto en ese macro-contexto para lograr la sobrevivencia del mismo, lo que recalca la importancia del framing. Pero además, las relaciones entre público y medio se construyen en esos “campos de experiencia” simbólicos en donde ambos comparten un mismo entendimiento y, de esa forma, se efectúa la comunicación. Esas ideas que hoy parecen elementales fueron elaboradas por Schramm en una época en que se desconocían, casi por completo, los alcances y efectos de los medios electrónicos. En la actualidad, para un país en desarrollo, carecer de dicho conocimiento puede parecer un error crítico. La línea a seguir, sin embargo, fue trazada por este pensador estadounidense. A mayor o menor medida, le debemos a él nuestro panorama mediático vigente en México.

Hacia el final de su vida, Schramm reflexionó sobre el futuro de los estudios de la Comunicación. Atinadamente, opinó que esta ciencia combinaría cada vez más y variados acercamientos de estudios del hombre y de la sociedad. Las facultades en donde se estudia Comunicación serían cada vez más interdisciplinarias, pero la tendencia general del campo entero de esta disciplina tendería hacia la unificación de las ciencias sociales. Tal vez hacia la creación de una nueva ciencia que englobase a la comunicación, pero también a la psicología social, sociología, antropología, ciencia política y otras (“The beginnings of Communication in the United States”, 1980). El acelerado avance de las nuevas tecnologías, aunque pueda parecer fragmentado, subraya los pensamientos de Schramm: sin importar la disciplina elegida, la comunicación atraviesa todos las áreas de conocimiento humano. Su aprovechamiento como la ciencia de ciencias implica un trabajo perpetuo e interdisciplinario en cada una de nuestras micro especialidades comunicativas.

Obras básicas de Wilbur Schramm

  • Schramm, W. (Ed.). (1949). Mass communications.
  • Schramm, W. (1963). The science of human communication.
  • Schramm, W. (1964). Mass Media and National Development: The Role of Information in the Developing Countries. (Publicado por UNESCO).
  • Schramm, W. (1997). The Beginnings of Communication Study in America: A Personal Memoir.
  • Schramm, W., & Roberts, D. F. (Eds.). (1971). The process and effects of mass communication
  • Siebert, F., Peterson, T. & Schramm, W. (1956). Four theories of the press.

 

OBRAS CITADAS

Ahmed, Azam. “Using Billions in Government Cash, Mexico Controls News Media”, New York Times, publicado el 25 de diciembre del 2017, revisado el 27 de diciembre en https://www.nytimes.com/2017/12/25/world/americas/mexico-press-government-advertising.html?rref=collection%2Fsectioncollection%2Famericas&action=click&contentCollection=americas&region=stream&module=stream_unit&version=latest&contentPlacement=2&pgtype=sectionfront

Schramm, Wilbur. “The nature of communication between humans”, en Schramm, W. & Roberts, D. The process and effects of mass communication (revised edition), University of Illinois Press, Estados Unidos, 1977 (cuarta reimpresión, original de 1954), pp. 3-53.

Schramm, Wilbur. Mass media and national development. The role of information in the developing world, Stanford University Press-UNESCO, Estados Unidos, 1964, 333 pp.

Schramm, Wilbur. “El desarrollo de las comunicaciones y el proceso de desarrollo”, en Lucian W. (comp.) Evolución política y comunicación de masas, Troquel, Buenos Aires, 1969, 444 p. El capítulo y la paginación referida fue obtenido en PDF de la siguiente liga, revisada el 27 de diciembre del 2017: https://www.infoamerica.org/documentos_pdf/schramm_01.pdf

Schramm, Wilbur & Serena Wade. “The mass media as sources of public affairs, science, and health knowledge”, en Public Opinion Quarterly, volumen 33, número 2 (1 de enero de 1969), pp. 197-209).

Schramm, Wilbur. “The beginnings of Communication in the United States”, en Communication, volumen 9, número 2 (diciembre de 1980), pp. 1-7.

Siebert, Fredrick, Theodore Peterson & Wilbur Schramm. Four Theories of the Press, University of Illinois Press, Estados Unidos, 1963, 168 pp.