Gentrificación en Santa María la Ribera. La construcción de nuevos significados

Crédito: UNAM-CHOPO

Este es un trabajo de GABRIELA DEL CARMEN GARCÍA GORBEA realizado para finalizar el subsistema de investigación en la Licenciatura de Comunicación, Universidad Iberoamericana, Campus Santa Fe (Primavera 2019, Mtros. Vivian Romeu, Sandra Vera y Samuel Martínez)

Introducción

There is no logic that can be superimposed on the city; people make it , and it is to them, not buildings, that we must fit our plans. Jane Jacobs, The Death and Life of Great American Cities.

Una mujer de la tercera edad realiza su recorrido habitual por las calles de la ciudad, pero hay algo que no cuadra. Las paredes llenas de graffitis ahora lucen impecables y recién pintadas; los edificios casi derruidos se encuentran cubiertos por vallas que anuncian futuras y lujosas construcciones, mientras que las calles lucen impolutas, sin rastros de basura. Su geografía personal, la de esas calles que conocía de memoria, ha sido alterada. Siente confusión, pero sobre todo miedo; presiente que el lugar al que durante años ha llamado hogar podría dejar de serlo. La sorpresa se convierte en ira y en ganas de luchar contra la invasión que sufre su barrio. Al grito de “Die hipsters!”, la mujer entra a una de las zonas en obra y se encadena a un bulldozer, dispuesta a detener la construcción.

La mujer se llama Lillian Kaushtupper y es una de las protagonistas de la serie de comedia The Unbreakable Kimmy Schmidt, en la que se retratan las aventuras de un grupo de neoyorquinos de clase trabajadora. El núcleo de las historias sucede en la casa de Lillian, un viejo pero espacioso y bien ubicado edificio en el que la mujer ha vivido durante años y que se encuentra amenazado por un inminente proceso de gentrificación. Los vagabundos son reemplazados por jóvenes con ocupaciones creativas y los negocios locales cierran para dar espacio a bares, boutiques y cafés. Lillian reacciona con enojo ante el repentino interés de inmobiliarias y gobierno en su barrio y se compromete a luchar contra ese proceso llamado gentrificación.

Si bien la serie lleva hacia el ridículo el cambio por el que pasa el barrio y la reacción de vecinos como Lillian, sí encierra algo de verdad.

Después de todo, el término gentrificación se ha vuelto usual para describir la transformación por la que pasan ciertos barrios en aparente estado de abandono que luego se convierten en los sitios de moda. La palabra tiene una connotación negativa y se suele asociar con lo hipster o aquello que está en boga. Se trata de un término que en un inicio se utilizaba para evidenciar las consecuencias de un desarrollo urbano desigual. Y esta desigualdad va mucho más allá de la pantalla; es real y termina por trastocar la existencia de personas de carne y hueso.

De vuelta a la realidad, y a cientos de miles de kilómetros de distancia, un coro de voces pronuncia la siguiente letanía: “Sálvame de las malas prácticas, líbrame del desplazamiento, del desalojo, del incremento de renta, del alza desmedida del predial, del voraz casero, del mal inmobiliario, sálvame de la gentrificación”. No es una oración cualquiera, como tampoco lo es la figura a la que está dirigida: Santa Mari la Juaricua, santa patrona contra la gentrificación, creada por dos vecinos de la Ciudad de México para visibilizar la transformación por la que pasan sus barrios. La santa viste de blanco, con lentes de pasta y sombrero y tiene a un perro como su fiel compañero. La figura cobró popularidad rápidamente y no sólo visibilizó un proceso de cambio o gentrificación en zonas como la Juárez o Santa María la Ribera, sino que también trajo a la luz los distintos actores, discursos y significados que conforman a esta dinámica.

¿Cuándo se puede hablar de gentrificación? ¿Basta con que una zona comience a aumentar su plusvalía para aplicar esta palabra? ¿En todas las ciudades sucede la misma manera? Existe un gran debate en torno al mero uso de la palabra, porque describe un contexto europeo, en el que la planeación urbana y las relaciones entre las clases sociales responden a una realidad determinada. Es decir, el anglicismo no se puede importar y aplicar de manera indiscriminada en otras latitudes, como en las ciudades latinoamericanas, porque el fenómeno y sus actores se relacionan de manera distinta dependiendo del lugar. Por ello, han surgido conceptos alternativos, como ‘aburguesamiento’ o ‘elitización’, que tratan de traducir y adaptar el término a otros contextos. Es más, muchas veces los vecinos, que experimentan al fenómeno todos los días en carne propia, le dan otros nombres o incluso ninguno. ¿Cómo es que se forman estos sentidos o significados?

El barrio forma parte de la ciudad, y al igual que ésta, es un lugar de cambio, flujos y contrastes. Hoy, más que nunca, vivimos una existencia urbana. Alrededor del 55% de la población mundial vive en ciudades y se espera que para 2050, el 68% de los seres humanos habitará en una urbe1. Dado que la urbanización será cada vez mayor, es pertinente mirar hacia la ciudad y sus dinámicas, pues es ahí donde se crean los significados, donde suceden los encuentros, las interacciones y donde se produce el sentido. Cada vez más, veremos al mundo a través de la ciudad y cada vez más, será necesario estudiar a las ciudades desde múltiples perspectivas teóricas. Precisamente aquí es donde se inserta la comunicación, que usualmente es relegada del estudio de la metrópoli y sus procesos, como una vía para estudiar la manera en la que los urbanitas viven y entienden lo que sucede en su entorno, por ejemplo, la gentrificación.

Mucho se ha dicho sobre la manera en la que opera esta dinámica, pero aún queda comprender cómo las personas la entienden y significan. Es decir, más allá de describir los aumentos en los costos de vida, los cambios de giro en negocios y la llegada de nuevos y diferentes vecinos, cabe preguntarse por la manera en la que un individuo da sentido a esta serie de transformaciones. Esto nos puede ayudar a contestar cosas como: ¿de qué depende la valoración positiva o negativa que se le da al fenómeno? ¿Por qué la gente reacciona de la manera en la que lo hace? Así mismo, cuando se habla de gentrificación, se suele hacer énfasis en sus consecuencias negativas, por ejemplo, el desplazamiento social, la discriminación de ciertas clases sociales y la destrucción del tejido social. Sin embargo, estudiarla a partir de los significados individuales que se crean a su alrededor, permite ver más allá del blanco y del negro, sin generalizar, e identificar posibles efectos positivos; por ejemplo, el riesgo de desplazamiento puede renovar o despertar el interés por la participación pública de los afectados. Si bien es innegable que la gentrificación tiene un alto costo social, no siempre sucede de la misma forma y no todas las comunidades reaccionan de la misma manera a ella.

Normalmente, la gentrificación y la ciudad suelen estudiarse desde el urbanismo, la arquitectura, la sociología o la antropología social, pero no desde la comunicación. Existe pues un área de oportunidad para estudiar a lo urbano desde una perspectiva comunicativa. La presente investigación busca introducirse en esa área y aportar nuevas perspectivas y maneras de entender lo urbano. Por ello, tomamos como punto de partida al barrio de Santa María la Ribera en la Ciudad de México, zona de gran valor cultural y artístico que se encuentra en proceso de gentrificación.

El trabajo se divide de la siguiente manera: primero, se presenta el problema del que se parte y los objetivos de estudiarlo, así como un recorrido por los conceptos centrales y la forma en la que han sido estudiados. Después, se presenta un capítulo para poner al lector en contexto y situarlo en la dinámica específica del barrio de Santa María la Ribera, en la Ciudad de México. Posteriormente, se presentan la idea de la comunicación de la cual se parte y la postura teórica que ampara al trabajo. En seguida, se encuentra la descripción de la metodología utilizada para realizar la investigación, seguida por la discusión de los hallazgos y sus implicaciones. Hacia el final del trabajo, se anexan las transcripciones de las entrevistas realizadas, así como materiales gráficos.

Planteamiento del problema: Gentrificación no es un nombre de señora

Hablar de la ciudad es un tema complejo, ya que es ahí en donde se concentran buena parte de las contradicciones y contrastes de la sociedad. Por un lado, asistimos a cada vez más fenómenos de fragmentación, que cuestionan la propia idea de ciudad en la actualidad, y por el otro, están las políticas públicas orientadas hacia la redensificación y rescate de ciertos cuadrantes urbanos. Aunado a esto, es en las metrópolis donde se manifiesta de manera más evidente la desigualdad, a través de la existencia—muchas veces lado a lado— de cinturones de miseria y barrios ricos.

Como resultado de estas discordancias, el léxico de los habitantes citadinos se ha visto poblado por términos que tratan de hacer sentido de lo que sucede en el entorno. Tal es el caso de la palabra gentrificación, que se ha vuelto popular para describir el proceso por el cual pasan algunos de los barrios de moda. Si bien el término hoy se usa de manera excesiva y frívola, la transformación a la cual responde no es para nada superficial. En esencia, se puede hablar de gentrificación cuando una clase social se muda a una zona habitada por una clase social menos acomodada, causando una escalada de precios y costos de vida que termina desplazando a los habitantes originarios del barrio. Se trata de un fenómeno que genera expulsión y desigualdad y que se sustenta en un conflicto de clases; es decir, va más allá de la llegada de jóvenes hipsters a una zona, cuyas representaciones son hoy abundantes en la cultura popular. Desde la ciudad poblada totalmente por jóvenes con camisas de cuadros y lentes de pasta— como en el caso de la serie de TV Portlandia—, hasta las aventuras de dos amigas veinteañeras que viven en Brooklyn— como en la serie de comedia Broad City— el término hipster ha caído en un uso excesivo, que borra gran parte del origen y la consecuencias que tiene este estilo de vida.

El estudio de la gentrificación comenzó en Europa y Estados Unidos, con ejemplos emblemáticos como Harlem, Brookyn, Notting Hill, o el Meat Packing District. Las ciudades latinoamericanas no se han quedado atrás y en años recientes se han vuelto el foco tanto de gentrificadores como de aquellos que los estudian. Sin embargo, existe un debate entorno al uso del término para describir el proceso que experimentan estas ciudades, ya que sus dinámicas y relaciones de clase, así como sus modelos de planeación urbana dificultan el uso exacto del anglicismo. ¿Cómo hablar de gentrificación desde estos contextos? ¿Quién gana y quién pierde? ¿Qué movimientos de resistencia generan?

“Sálvame de malas prácticas, líbrame del desplazamiento, del desalojo, del incremento abusivo de renta, del alza desmedida del predial, del voraz casero y del mal inmobiliario. Sálvanos de la gentrificación”. Las líneas anteriores corresponden a la oración de Santa Mari la Juaricua, figura religiosa creada por vecinos de las colonias Juárez y Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, para protestar contra la alteración y encarecimiento de sus barrios. La santa viste sombrero de paja, lentes grandes de pasta blanca y va siempre acompañada por un perro. En un inicio, contaba con un altar en la calle General Primm, pero se convirtió en una santa itinerante, que viaja por la Juárez y la Santa María, manifestándose en los predios en disputa y en las construcciones de condominios nuevos.

Al ver la ventana de oportunidad en ciertas colonias, los dueños de los edificios comienzan a subir las rentas; los desarrolladores inmobiliarios adquieren predios, alistan proyectos de departamentos ‘boutique’ o de lujo y las autoridades gubernamentales comienzan con el saneamiento de los espacios públicos. En consecuencia, la zona ‘rescatada’ o ‘rehabilitada’ experimenta un incremento general de los costos de vida. De acuerdo con un estudio realizado por PwC y Rent Café, la
Ciudad de México es de las ciudades más caras para rentar un departamento, ya que sus habitantes gastan hasta 60% de sus ingresos para pagarla. Esta situación se agrava en las colonias gentrificadas o de moda, en las que los alquileres son tan costosos que se vuelven accesibles solo para unos pocos. Las viviendas se convierten en activos financieros, es decir, los departamentos no se construyen con el fin de ser habitados, sino de servir como inversiones o reservas de capital.

Como resultado, los vecinos originarios se ven forzados a abandonar sus hogares porque ya no pueden pagar la vida ahí. Sucede un proceso de sanitización urbana, en el que una clase social que es vista como indeseable es expulsada para dejar espacio a una clase con mayor poder adquisitivo y que es considerada como superior. Aunado a esto, se refuerzan las dinámicas de desigualdad y exclusión entre el centro y la periferia de la ciudad, ya que se favorece el crecimiento de los cinturones de miseria y las afueras de la ciudad se redensifican sin que exista la infraestructura suficiente para atender las necesidades de la población.

La redensificación es otro de los factores a tomar en cuenta al hablar de gentrificación, porque muchas de las políticas públicas de planeación urbana que favorecen al fenómeno surgen para este fin. La densificación emerge como respuesta a la fragmentación y dispersión de las ciudades, con el propósito de aprovechar mejor ciertas zonas. Durante años la planeación urbana de la Ciudad de México y el área metropolitana se orientó hacia desarrollos periféricos como Satélite, Santa Fe o Ciudad Neza, mientras que la zona centro se fue despoblando. Ante tal situación, la jefatura del gobierno de la ciudad decretó el Bando Número Dos, para revertir el crecimiento caótico de la ciudad y construir más en el centro. De acuerdo con el decreto, la población de las delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza había disminuido de manera importante, mientras que la zona sur de la ciudad había pasado por una densificación. Por ello, se ordenó restringir el crecimiento en ciertas delegaciones y favorecer el desarrollo de proyectos habitacionales y comerciales en la zona centro, cuyos servicios e infraestructura se encontraban subutilizados (GDF, 2000).
El resultado de este decreto fue que las cuatro colonias antes mencionadas se abrieron a la inversión inmobiliaria y se emprendieron diversos proyectos para
‘rescatarlas’. La peatonalización de Madero, la rehabilitación de Isabel la Católica y la remodelación de la Alameda son algunos ejemplos de los cambios experimentados en el primer cuadro de la capital. Estas transformaciones también contribuyeron a la creación de una marca de la ciudad, estrategia utilizada para atraer turismo e inversión. De este modo, la zona centro y sus colonias aledañas se convirtieron en focos de atención, y como estaban en deterioro, el gobierno pudo justificar su unión con capital privado para rehabilitarlas (Lanzagorta, 2014). Esto dio inicio al proceso de gentrificación, primero en la Condesa y la Roma, y ahora en la Santa María la Ribera, la Juárez y la San Rafael, entre otras colonias.

Ante tal situación, nace Santa Mari la Juaricua, santa patrona contra la gentrificación. Lo que empezó como un proyecto artístico de denuncia contra la gentrificación, se convirtió en una herramienta para visibilizar una problemática que afecta a muchos barrios en la Ciudad de México. Sin embargo, el fenómeno contra el que lucha Santa Mari es polisémico y posee distintas caras, cuya presentación depende del ángulo desde el que se mire. De esta manera, para algunos el término implica despojo y sufrimiento, para otros conlleva un gran potencial económico, mientras que otros más lo ven como un fenómeno curioso, que vuelve al barrio más interesante. ¿Cómo se forma cada una de estas miradas? ¿A partir de qué se genera el significado? Estas son algunas de las preguntas que se pretenden responder a través de esta investigación.

El tema al que se adscribe el presente trabajo es el análisis de los significados sobre los procesos de gentrificación. El objeto de estudio que ha sido construido para tal fin son los significados que los vecinos de la colonia Santa María la Ribera otorgan a los procesos de cambio urbano, social y económico que experimenta el barrio a partir de su interacción con éste. La pregunta que se pretende responder y que sirve como eje rector es la siguiente: ¿Cómo construyen significados sobre la gentrificación los vecinos de la Santa María la Ribera? De esta interrogante, se desprenden los siguientes objetivos.

Objetivo general

Identificar y categorizar los significados que los vecinos le otorgan a la gentrificación en la Santa María la Ribera a partir de su interacción con el barrio y su comunidad.

Objetivos específicos

Comparar los distintos significados que se forman sobre el barrio y la comunidad en la Santa María la Ribera.

Identificar la manera en la que los vecinos crean significados en torno al barrio, sus
usos y sus problemas.

La visión de la comunicación de la que se parte es la perspectiva biofenomenológica, que ve a la comunicación como una expresión subjetiva que es generada por un sujeto a partir del mundo de experiencia con el que cuenta. Es decir, no se ve a la comunicación como un intercambio de información o puntos de vista, ni tampoco se le entiende como una puesta en común; más bien, se trata de una interacción de expresiones subjetivas que pueden o no llegar a algo más. Los significados fungen como materia prima de la comunicación, pues son lo que se expresa y en esta investigación nos preguntamos por la manera en la que se construyen. Es decir, partimos de un momento previo a la comunicación, cuando se forma aquello que se va a expresar.

Para la biofenomenología, el significado, aquello que se expresa, se forma a partir de elementos como la experiencia de vida y el entorno en el que se vive. De la misma manera, tomamos a la fenomenología como anclaje teórico, puesto que también se pregunta por el significado y la experiencia; es decir, le damos un sentido a las cosas según las vivimos. La elección de la biofenomenología y la fenomenología resulta pertinente porque lo que se busca es entender la manera en la que sujetos en específico, en este caso vecinos de la Santa María la Ribera, viven y entienden los cambios que suceden en su barrio.

Estado del arte

Ciudad, espacio y desigualdad

Cities have the capability of providing something for everybody, only because, and only when, they are created by everybody.- Jane Jacobs, The Death and Life of Great American Cities

Actualmente, el grueso de la población mundial se concentra en las ciudades, razón por la cual resulta relevante estudiar el habitar urbano y sus consecuencias. La metrópoli hoy surge como protagonista, como el lugar en el que se pueden apreciar de manera más evidente los efectos—tanto positivos como negativos— de los modelos de desarrollo. Si antes se creía que el sentido de arraigo a un lugar tenía que ver con la permanencia prolongada en un espacio determinado, la metrópolis, sitio de flujo y movimiento perpetuo, obliga a repensar esta idea, así como la relación entre persona y espacio. ¿Qué significado guardan hoy el espacio y la comunidad para los habitantes de la ciudad? Aún más, ¿es posible seguir hablando de conceptos tales como la pertenencia y el arraigo si todo está en movimiento? ¿Cómo es que la gentrificación se inserta en este aparente vacío de significados de lo urbano? A continuación, se hace un breve recorrido por las formas en las que se ha abordado al espacio urbano, las relaciones que genera y algunas de las amenazas que enfrenta, con el fin de abonar a la cuestión sobre la generación de significados en torno al barrio y la comunidad en el contexto urbano actual.

Espacio y espacio público urbano

A la hora de definir a una ciudad, se suele recurrir a conceptos tales como su extensión territorial, su densidad demográfica, su clima o su arquitectura; es decir, se le aborda a partir de su espacio. El espacio toma entonces un papel protagónico, ya que es el escenario del habitar urbano, la convivencia y la comunidad.

Existen numerosos estudios sobre el espacio; algunos autores lo abordan a partir de su carácter público o privado, mientras otros han cuestionado la forma en la que se construye el propio concepto.

En la línea de quienes problematizaron la idea de espacio, Lefebvre (1991)
concluyó que el espacio es social y construido, por lo cual no puede pensarse sólo desde su materialidad, como si se tratara de un objeto, sino que se debe de abordar a partir de su cualidad de contener memoria, interrelaciones, simultaneidad y coexistencia. Lefebvre propuso una triada para la producción del espacio a partir de las prácticas espaciales, las representaciones del espacio y los espacios de representación. Aunado a esto, el espacio es siempre político, ya que la producción y reproducción del espacio social van de la mano con la producción y las relaciones de producción; es decir, están directamente ligados con el trabajo humano. De Certau (2008), también trabajó la relación entre espacio y poder e identificó una visión funcionalista o ‘ciudad-concepto’ que busca racionalizarlo todo a partir de operaciones especulativas y clasificadoras. Surge entonces una “contradicción entre el modo colectivo de la administración y el modo individual de una reapropiación” (de Certeau, 2008: 5); esto quiere decir que las prácticas diarias de los habitantes de la ciudad tienen la capacidad de subvertir y resignificar el espacio tal cual lo determina el poder.

Otra gran línea a partir de la cual se ha abordado al espacio es a través de su carácter público o privado, particularmente en las ciudades. Por un lado, existe una visión del espacio como un medio para lograr un fin. Castañeda, de la Autoridad del Espacio Público de la Ciudad de México (2018), lo define como un espacio en el que los habitantes satisfacen necesidades, principalmente de esparcimiento. Agrega que se trata de un espacio de uso y dominio colectivo que es vigilado y garantizado por el Estado. Por otro lado, Rabotnikof, (2005) propone tres posibles definiciones para lo público: lo que es común a todos, lo que es visible o manifiesto y lo que es abierto a todos. Para Rabotnikof, el espacio público en América Latina funciona como la mediación entre sociedad y Estado.

En contraste, otros autores se separan de esta visión del espacio como medio para satisfacer necesidades y le atribuyen múltiples implicaciones. Ayala (2017) habla del espacio público como lugar de intercambio colectivo, socialización y anonimato, así
como el sitio en el que se generan lazos con los otros y el entorno, con lo cual se puede desarrollar un sentido de arraigo. Borja y Muxi (2000), siguiendo la línea de Lefebvre, van más allá de la simple extensión de territorio y proponen que el espacio público es físico, simbólico y político, cargado de significados, relaciones y de símbolos, que son construidos día a día por sus habitantes. Desde este abordaje, el espacio público se convierte en un indicador de bienestar social y democracia; el sitio en que el otro y lo otro se hacen visibles.

El espacio público también se ha abordado en cuanto a su capacidad de generar sentimientos de arraigo y/o pertenencia. Mendoza y Bartolo (2012) señalan la llegada del ‘sentido de lugar’ a partir de los noventas, que se refiere a la manera en la que las acciones y experiencias cotidianas pueden dotar de significado a los espacios abstractos genéricos, construyendo así identidades individuales y colectivas. Massey (2012) añade que esto también impacta en la imagen que una sociedad tiene de sí misma.

En cuanto a las amenazas que enfrenta el espacio público, Borja y Muxi (2000)
apuntan a tres factores que provocan su deterioro: la disolución, la fragmentación y la privatización. Estos elementos pueden provocar que la ciudad deje de ser un punto de encuentro, expresión, comunidad y memoria, para convertirse en una serie de pequeños archipiélagos de territorio dispersos e incomunicados.

Cabe destacar que el espacio público también ha sido abordado en cuanto a su
relación con la opinión. Para Habermas (2008), se trataba de un ámbito de la vida social en el que se puede construir la opinión pública; es decir, se da cuando los ciudadanos se reúnen para discutir sobre temas de interés común. Además, Habermas ve al ciudadano como portador del espacio público, que expresan a través de una interacción comunicativa. Arendt (2016) apunta la existencia de un espacio ‘pùblico- político’, donde los asuntos se tratan a través del diálogo. Para fines de esta investigación, se ha decidido no seguir esta línea teórica sobre el espacio público, ya que más allá de verlo como el sitio en el que se forma la opinión pública, se entiende como un lugar de interacciones, de flujos, de tránsito, ligado al mundo de lo físico.

Tras este breve recuento, para fines de este trabajo, se entiende al espacio como un concepto construido a través de las vivencias y representaciones de los
habitantes de la ciudad, mismos que a través de sus prácticas diarias lo resignfican. Y es a través de estas acciones que se generan lazos con los otros, un sentido de comunidad y un significado sobre el entorno.

Ciudad y significado: construcción de sentido en las calles de la urbe

Tres posturas principales sobre la construcción de significado: (1) el significado que es intrínseco a la cosa y espera a ser descubierto; (2) el significado que se construye a través de la interacción social; (3) el significado que se construye a partir de las capacidades cognitivas del sujeto.

Territorios delimitados: un acercamiento a las nociones de barrio y comunidad

Una vez que se ha abordado la cuestión del espacio, es momento de referirse a la unidad básica a partir de la cual ha sido estudiado en las ciudades: el barrio. Además de encontrarse profundamente ligado a lo urbano y al espacio público, el barrio solía ser el punto de partida para el estudio de la comunidad y el sentido de pertenencia. Sin embargo, conforme fueron cambiando las políticas de desarrollo urbano, los barrios fueron perdiendo relevancia, así como el arraigo y sentido de comunidad con los que tradicionalmente eran asociados.

Hoy, es posible identificar una última línea de investigación en torno al barrio, en
la que se aborda la necesidad de reconceptualizar el término debido al incremento en la movilidad (Jensen, 2011), que hace incompatible la visión del barrio como algo estático. Bajo esta mirada, es necesario empezar a estudiar a los barrios “como lugares que configuran trayectorias, movilidades, prácticas e historias, apostar por ir más allá de las oposiciones binarias tradicionales de movilidad y permanencia” (Pulido, 2016).

Históricamente, la comunidad y el arraigo han sido abordados como elementos inseparables. Uno de los primeros en ligar ambos conceptos fue Tönnies (1979), para quien existían dos tipos de voluntades que daban origen a dos posibilidades de relación: la comunidad (Gemeinschaft) y la sociedad o asociación (Gesellschaft). Para la primera, el trato con los otros es un fin en sí, mientras que para la segunda, el trato con los otros es un medios para llegar a otro fin. Estos dos tipos de convivencia coexisten y se suceden en el tiempo, sin embargo, para Tönnies, es en la comunidad en donde se encuentra lo afectivo, lo personal y lo clánico, además de un arraigo al lugar: “La vida comunitaria se desarrolla en relación permanente con la tierra y el enclave del hogar (…) pues su origen y, por ende, su realidad, reposan en la naturaleza de las cosas” (Tönnies, 1979: 51). Durante años, las ciencias sociales continuarían uniendo comunidad y territorio.

Siguiendo esta línea, la Escuela de Chicago vio al territorio como determinante del barrio/hábitat, la comunidad y la identidad. Los barrios, a los que más tarde nombró comunidades, eran vistos como hábitats en los que tenían lugar distintas interacciones. Park (1999) define a estas comunidades como poblaciones organizadas en un territorio, con un arraigo al espacio que ocupan y donde existen relaciones de interdependencia, “esto es, una especie de contenedor en el que interactúan los habitantes” (Pulido, 2016). Así mismo, Park aporta el concepto de vecindario como una unidad social que genera espíritu colectivo. También dentro de esta corriente, Bugess (1925) propuso un modelo ideal de la ciudad a partir de círculos concéntricos, basados en la idea de los nichos ecológicos.

Por otro lado, la Escuela de Manchester pensaba que abordar a la ciudad como un todo era demasiado complejo, por lo cual prefirieron una aproximación situacional al tema urbano, como Young & Willmott (2011), que estudiaron cómo las comunidades urbanas, se relacionan a través de redes de parentesco. Aunque la Escuela de Chicago parte de la idea de definir a la ciudad y la Escuela de Manchester de la imposibilidad de hacerlo, en ambas el barrio se convirtió en “aldeas antropológicas que integran la complejidad de la ciudad” (Pulido, 2016). A pesar de sus diferencias en cuanto a la ciudad como objeto cognoscible, ambas tradiciones continuaron con la tradición de ligar al territorio con la comunidad, entendiendo al espacio como un contenedor de todo lo demás.

El estudio de los barrios en América Latina siguió una línea similar, pero en esta región, el concepto de barrio surgió ligado a la desigualdad. Gilbert (1997), estudió la formación de los barrios populares como consecuencia de la desigualdad económica, territorial y social. Además, Lacarrieu (2007) comienza a ver al barrio como un enclave cultural, con una comunidad y cultura local homogéneas. Bajo esta concepción, el barrio sigue siendo visto como un espacio geográficamente delimitado; es decir, el espacio se da por sentado.

Fue hasta Lefebvre (1991) que se produjo un cambio y se empezó a estudiar la manera en la que los seres humanos producen el espacio. Lefebvre propuso una triada para la producción social del espacio, integrada por las prácticas espaciales, las representaciones del espacio y los espacios de representación. Es decir, un espacio dinámico y en permanente construcción, formado a partir de la memoria, las experiencias y lo fenomenológico y no un simple contenedor espacial. La aportación de Lefebvre ayudó a que las ciencias sociales repensaran la ciudad y lo urbano, así como la relación entre espacio e identidad.

Otra línea de investigación sobre los barrios se ha basado en sus efectos para el individuo y la comunidad. Gould y Austin (1997) propusieron que en los barrios marginados, las características del lugar pasan al ámbito de la experiencia individual a través de procesos como la socialización colectiva. Como consecuencia, el vivir en un barrio marginado impacta de manera negativa en diversos ámbitos de la vida; es decir, deja una especie de marca en el sujeto.

Por otro lado, numerosos autores han abordado consecuencias positivas del barrio, en especial la creación de un arraigo y una identidad. Fenster (2005) asocia el sentido de pertenencia con experiencias pasadas y presentes, así como con la memoria y los lazos con un lugar. Y este sentido aumenta con el paso del tiempo; es decir, a mayor estancia en un lugar, mayor sentimiento de pertenencia. Sin embargo, Davidson (2009), encontró que los habitantes originarios de los barrios en gentrificación pueden llegar a desarrollar una distancia o disociación hacia su barrio debido a que perciben que su identidad es muy distinta a la nueva identidad del barrio. Así mismo, Watt (2009) menciona que el sentimiento de pertenencia al barrio puede ser selectivo, ya que algunos residentes pueden identificarse con algunos atributos del lugar mientras ignoran otros. También existen autores para quienes la pertenencia se construye a través de la práctica o lo que Benson y Jackson (2012) denominaron ‘hacer barrio’, acción que se logra a través de prácticas tanto individuales como colectivas. En esta misma línea, Valentine (2008) identificó dos tipos de interacciones a través de las cuales se hace bario en sitios de clase trabajadora: interacciones con vecinos y amigos cercanos e interacciones y encuentros casuales con conocidos con los que se comparten ideas sobre el barrio y sus usos.

Por otro lado, Augé (2006) en su crítica a los no lugares, propone que los lugares pueden producir significados históricos a través de su historia y el sentido y experiencia del acto de habitar. Esta postura ve con una especie de nostalgia la pérdida de esas cualidades en los barrios a partir de los procesos de modernización. Por lo tanto, el barrio es visto como un sitio de autenticidad pasada en medio del anonimato de la ciudad moderna, producida en serie. En la misma línea, Gravano (2013) habla del barrio como un espacio físico formado a partir de significados transmitidos de generación en generación y que producen diferenciación e identidad.

A pesar de que el barrio no es un concepto nuevo, Madden (2014) apunta a su resurgimiento y papel central para las ciencias sociales y la planeación de las ciudades. Por su parte, Pulido (2016) menciona que históricamente el barrio ha servido para construir comunidades con límites claramente establecidos y que pueden ser ubicadas en un mapa, pero que ahora se enfrenta a un desafío de reconceptualización ante un entorno urbano que ha dejado de ser estático.

A través de este recorrido conceptual por el término barrio, se entiende a éste más allá de su territorialidad, como un lugar en el que la relación con los otros es un fin que permite construir una identidad comunitaria. Así mismo, se deja a atrás la idea de pertenencia basada en la permanencia, para entender el surgimiento de un sentido de comunidad entre individuos cuya relación con el barrio no se da forzosamente a través de habitar en el mismo espacio o compartir lazos de parentesco, sino a través de la relación con los otros.

Gentrificación

El espacio urbano es en donde se evidencian de manera más aguda los resultados de las políticas de desarrollo económico y gubernamental. Por un lado, las ciudades son cada vez más modernas, tecnológicas y diversas, pero también concentran una gran desigualdad, con lo cual generan un entorno hostil para la creación de un sentido de comunidad. La gentrificación es una de las maneras a través de las cuales se manifiesta esta desigualdad y fragmentación del tejido social, así como la destrucción de la vida de los barrios.

En años recientes, disciplinas como el urbanismo, la arquitectura, la antropología y la economía se han abocado al estudio de la gentrificación o la llegada de clases medias a un barrio popular, que causa un encarecimiento de la zona y el consecuente desplazamiento de la población original del sitio. Se trata de un fenómeno que va de la mano con las grandes ciudades de la actualidad y que ha suscitado un interés multidisciplinario. A pesar de la pluralidad de estudios en torno al tema, la mayor parte de las definiciones distingue entre las dimensiones social, espacial y económica para hablar de la gentrificación.

La acepción inicial del fenómeno (Glass, 1964) hacía hincapié en un conflicto de clases, manifestado en la llegada de la clase media o gentry a un barrio de clase trabajadora, que terminaba por expulsar a la población original del lugar. Esta remoción de ciertas capas de la sociedad consideradas como indeseables lleva a consecuencias como el blanqueamiento o higiene urbana. Pacione (2001), añade que los barrios gentrificados experimentan un cambio socio-espacial general, mediante el cual ejercen una especie de filtro hacia sus habitantes originarios, que ya no ‘encajan’ en el vecindario regenerado y se deben mudar. Por otro lado, Garnier (2012) apunta a la necesidad de identificar a la clase social que impulsa a la gentrificación en la actualidad: la PBI o pequeña burguesía intelectual, un grupo heterogéneo, con un alto poder adquisitivo, cuyo consumo va de la mano con “la estetización de un modo de vida que los distingue de lo común’” (Garnier, 2012: 5).

Así mismo, el aspecto social de la gentrificación, se ha estudiado a partir del desplazamiento de población que genera. Moctezuma (2016) apunta a que el desplazamiento no sólo ocurre en la materialidad de los cuerpos, sino que también impacta en la construcción de discursos y significados sobre un lugar. De la misma manera, Marcuse (1985), aborda la relación entre desplazamiento, exclusión y desposesión, que es cuando una persona que cumple con las características previas de habitación de un barrio, no puede acceder a una vivienda porque el espacio se ha vuelto inasequible. Es decir, ya no existen espacios disponibles para un sector de la población, que por lo tanto no puede acceder a ciertas zonas y se ve excluido de ellas.

En cuanto a la dimensión espacial de la gentrificación, ésta se ha estudiado a partir de las características que vuelven a un barrio deseable para este fenómeno. Para Harvey (2012), el valor histórico, la autenticidad y la ubicación son características que comparten los barrios gentrificados. Los distritos históricos de las grandes ciudades y sus zonas aledañas, suelen concentrar estas cualidades. Por su parte, Smith (2012), habla del espacio a gentrificar como una tierra salvaje, en la que moran los otros o las clases populares. Cruzar esa frontera hacia lo ‘desconocido’ se convierte entonces en un acto de aventura, en la acción de fundar un nuevo espacio ‘más civilizado’. Espacio y dimensión social se unen bajo esta narrativa del mito de la frontera, con lo cual se justifica la diferenciación social y la exclusión de los habitantes originarios como consecuencias inevitables de un falso proceso civilizatorio en la ciudad.

La tercera dimensión, la económica, tiene como premisa que es en las ciudades donde se concentra el capital y que la gentrificación es una de las maneras a través de las cuales se continúa con esta acumulación a través de las rentas altas. Harvey (2012), apunta a que las ciudades están profundamente ligadas con el capitalismo y son los sitios de concentración del excedente. Además, se encuentran en una competencia permanente por el turismo, por lo que buscan convertirse en marcas a través del realce de ciertas cualidades, que suelen concentrarse en las zonas atractivas para la gentrificación. Por otro lado, Rodrik (2012), apunta a que nos encontramos en un momento de hiperglobalización, en el que la relación de proporción entre los costos políticos y de distribución con las ganancias económicas es particularmente desfavorable. Bajo este escenario, no todos tienen las mismas posibilidades de entrada y beneficio, y el poder, tanto económico como político, se mantiene en las mismas manos. La gentrificación emerge como una consecuencia de este modelo. Además, el intercambio constante de recursos, capital, tecnologías y hábitos de consumo que caracterizan al modelo económico actual, han facilitado que la gentrificación se replique alrededor del mundo. En cuanto al estado actual del fenómeno, Lees (2003) aporta el concepto de ‘super-gentrificación’, que se refiere al proceso mediante el cual ciertos barrios que ya están gentrificados, se vuelven aún más exclusivos al recibir grandes sumas de inversión privada.

La gentrificación implica, pues, la destrucción de la forma de vida de un barrio para dar lugar a una clase social más acomodada, que desplaza a la población anterior y cambia por completo el entorno del barrio. Si bien se trata de un proceso irreversible y que sucede en muchas ciudades, el presente trabajo busca estudiar las reacciones de la población original de un barrio ante la llegada de la gentrificación. Es decir, no sólo asumir que son desplazados, sino ver cómo entienden estos cambios y la manera en la que reaccionan a ellos.

Ciudad y acción social

Durante siglos, las ciudades han sido los epicentros de los movimientos sociales y la acción colectiva, los sitios en los que se gestan y se pelean las revoluciones. Sin embargo, hoy, el papel de la ciudad como caldo de cultivo de la participación y la movilización ciudadana se encuentra ante una encrucijada: por un lado, son cada vez más las injusticias y desigualdades que pueden llevar a la población a manifestar su descontento; pero por el otro, es aún más complicado unirse por un fin común. ¿Qué lleva a un ciudadano a participar si no se siente parte de una comunidad? ¿Qué viene primero, la participación o el sentido de pertenencia?

La participación y acción ciudadana en los temas urbanos

Hoy, el paisaje de las ciudades está en constante transformación: grandes torres habitacionales y megraproyectos urbanísticos se erigen por doquier, a la vez que disminuyen las áreas verdes y proliferan las obras de infraestructura destinadas para los automovilistas. ¿Cuál es el papel de los ciudadanos ante esto? ¿Cómo pueden influir en la toma de decisiones sobre lo que pasa en la ciudad que viven o padecen? Pradilla (2016), sugiere que el entorno conflictivo de la metrópoli genera movimientos urbanos, que incluyen a capas medias y altas de la sociedad, y se unen para defender la habitabilidad de sus barrios ante el capital inmobiliario y el gobierno. La participación ciudadana emerge entonces como la vía a través de la cual se puede tomar parte de estos procesos.

El tema ha sido abordado principalmente en cuanto a su relación con la representación política en las sociedades democráticas. Merino (2016), distingue entre cuatro tipos de participación: el voto, tomar parte en campañas políticas o a favor de algún candidato, la práctica de actividades comunitarias o acciones colectivas encaminadas hacia un fin determinado y las acciones que son resultado de algún conflicto. Así mismo, Merino menciona que para que exista participación, debe existir una consciencia social o “vínculos que unen la voluntad individual de tomar parte en una tarea colectiva con el entorno en el que se vive” (Merino, 2016: 68). Olvera (2009) añade que, además de permitir tomar parte en las decisiones, la participación crea espacios de debate y de vigilancia hacia las acciones de los gobiernos.

Por otro lado, Cunill (1997), menciona que la participación ciudadana se encuentra limitada por diferencias de crecimiento socioeconómico, pero que al mismo tiempo esto permite reformular las prácticas sociales y fortalecer el tejido social. De este modo, la participación aparece como un motor de cambio y de transformación para pasar a la política de manos estatales a ciudadanas. Siguiendo esta línea, Olvera (2009) menciona que hoy la planificación urbana es vista como un proyecto que requiere de la participación de la sociedad civil, sin embargo, se trata de un grupo reducido que suele dejar fuera a los sectores populares de la población.

La participación ciudadana emerge entonces como un mecanismo a través del cual los individuos pueden incidir sobre las políticas públicas. Sin embargo, el término suele ir ligado con el ejercicio de acciones dentro de un marco legal determinado, aunque también existen otros modos de participar que no forzosamente están delimitados por el Estado.

La ciencia política actual distingue entre la participación política convencional y la no convencional. La primera se refiere a toda intervención en el proceso político regulada bajo la ley, por ejemplo, el voto, mientras que la segunda no se justa necesariamente a lo establecido por la ley, por ejemplo, los plantones y los actos de desobediencia civil, como lo son las marchas.

Casquete (2006), identifica cinco funciones principales para los movimientos sociales dentro de los sistemas democráticos: identificar problemas o riesgos, representar grupos o intereses discriminados, ser un contrapoder crítico, proponer alternativas y ser escuelas para la democracia. Así mismo, existen viejos movimientos sociales y nuevos, surgidos a partir de la década de los 60s. Estos cumplen con ciertas características: predomina la búsqueda de identidad, la movilización no tiene una referencia específica de clase, su carácter es defensivo y politizan la vida cotidiana. Por todas estas razones, se distinguen de las formas previas de acción colectiva. Las acciones a favor de una urbanización más incluyente, se adscriben a esta última categoría.

Valladares de la Cruz (2000) elaboró más sobre las características de los nuevos movimientos sociales y distinguió la existencia de una dimensión simbólica y ritual. Esta dimensión de las movilizaciones se estructura a partir del rechazo a las decisiones emprendidas por los grupos hegemónicos, la visibilización de un problema ante el resto de la sociedad y el esbozo de una posibilidad diferente, así como potenciar la innovación cultural y las demandas de carácter conflictivo. Para Valladares de la Cruz, la presencia de actos rituales y simbólicos en las movilizaciones se refiere a “la presencia de cierto tipo de comportamientos formales, estilizados, repetitivos y estereotipados que se realizan en determinados espacios “cargados de simbolismo” y en momentos señalados” (Valladares de la Cruz, 2000: 45). Aunado a esto, también incluyen liturgias, que son discursos y acciones generados antes de la representación, previo a salir y tomar las calles.

Los movimientos sociales también tienen la función de participar en la formación
y consolidación de identidades colectivas y en la difusión de valores alternativos a los dominantes en la sociedad. Para fines el presente trabajo, se toma una de tipologías mencionadas por Merino (2016): la participación ciudadana que se da a través de la práctica de actividades comunitarias o acciones colectivas encaminadas hacia un fin determinado, en este caso, reconstruir el sentido de comunidad.

Contexto: ¿Desde dónde miramos a la gentrificación en Santa María la Ribera?

Los sólidos muros de concreto gris, sin ningún adorno, se alzan varios metros por encima del suelo, ocultando al transeúnte lo que hay detrás de ellos. Cables delgados, colocados en secuencia paralela perfecta, coronan las paredes, acompañados por un
letrero que dice “Precaución, alto voltaje”. Más que un lugar para habitar, parece una caja: impersonal, muda y que rehuye de todo contacto o la posibilidad de él. La advertencia es su único discurso: los que están afuera corren el riesgo de ser electrocutados.

Hasta hace algunos años, este edificio, ubicado en la calle de Nogal, en la Colonia Santa María la Ribera, hubiera saltado a la vista como una anomalía al lado de las casonas de muros descoloridos características del barrio. Sin embargo, ahora hay decenas de edificios como éste, que llegan con una idea diferente de habitar y alteran el paisaje del lugar. No muy lejos de ahí, a escasas cuatro cuadras, los muros derruidos de un inmueble de inicios del siglo XX proclaman el siguiente mensaje: El vecino al centro de su decisión. La frase, escrita con aerosol negro, no es inocente: deja entrever un conflicto. En La Santa María, al igual que en muchas otras colonias de la Ciudad de México y de las grandes metrópolis, se libra una batalla por el derecho a habitar dignamente en el espacio urbano.

Gentrificación, elitización, aburguesamiento… Son sólo algunos de los términos con los que se denomina a los cambios socioespaciales que sufre un barrio y que terminan por desplazar a su población originaria para dar lugar a nuevos habitantes, que generalmente pertenecen a una clase social con mayor poder adquisitivo. ¿Está la Santa María la Ribera experimentando un proceso de gentrificación? Cualquier barrio que se vuelve más caro está siento gentrificado? ¿Por qué sucede esto? ¿Quiénes son los actores involucrados y cómo reaccionan a este proceso?

Breve historia de la Santa María la Ribera: historia y características

La Santa María la Ribera— o la Santa María, como es conocida habitualmente— es una de las colonias con más historia en la Ciudad de México. El Kiosco Morisco, el Museo del Chopo y el Museo de Geología de la UNAM son algunos de sus atractivos más conocidos; pero, en general, se trata de una zona con alto valor histórico y cultural. Su creación se aprobó en junio de 1859, lo cual la convierte en la segunda colonia propiamente dicha de la capital. Hasta aquel momento, la organización y extensión de la Ciudad de México había permanecido sin cambios importantes durante siglos y la constitución de la Santa María significó el inicio del proceso de expansión de la capital. Fue así que durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad comenzó su proceso de crecimiento en todas las direcciones. Sin embargo, mientras que el desarrollo hacia el poniente se caracterizó por los fraccionamientos para la clase media-alta y alta, la expansión hacia el oriente se destinó para las clases populares. (Boils, 2005).

Hacia mediados del siglo XIX, la ciudad estaba rodeada por terrenos agrícolas, que eran propiedad de haciendas agropecuarias y la zona urbanizada había permanecido relativamente igual desde la época de la conquista. La Santa María se creó sobre las tierras de cultivo del Rancho de Santa María, que formaba parte de la hacienda de la Teja, ubicada al norte de la Calzada de la Ribera de San Cosme. La incipiente colonia recibiría su nombre en honor a la hacienda y su calzada colindante (Boils, 2005).

La colonia tardó algunos años en poblarse; sus primeras edificaciones eran de tipo rudimentario y la zona carecía de servicios e infraestructura básica. Sin embargo, ya desde su conformación la colonia estaba pensada como una oportunidad de negocio: “Para la creación y desarrollo de la Santa María, se constituyó una empresa inmobiliaria. Esta sociedad fue una derivación de la que tal vez haya sido la primera en su género que existiera en todo el país, la sociedad inmobiliaria “Flores Hermano”” (Boils, 2005: 28). La aparición de esta sociedad significó el paso de terratenientes rurales a promotores inmobiliarios urbanos, que vieron en las tierras desaprovechadas de la periferia una oportunidad de negocio altamente rentable, que no requería de una gran inversión y que podía retribuir grandes ganancias (Boils, 2005).

Conforme se fue haciendo de servicios e infraestructura básica, la colonia empezó a consolidarse y se elaboró un plan de desarrollo urbano acorde con los cánones arquitectónicos y urbanísticos de la época, en la que predominaba el gusto por las vialidades más anchas y arboladas, así como los jardines y parques públicos. La traza original de la colonia era muy simétrica, con la alameda como punto central, calles espaciosas y manzanas de tamaño y distribución regular. Gracias a estas características, la Santa María se volvió atractiva para las clases medias y medias- altas, para quienes mudarse ahí se convirtió “en un símbolo de status social, algo así como la adquisición de un pasaporte para ingresar a la modernidad de fines del siglo XIX” (Boils, 2005: 25). Además, vivir en la Santa María representaba otras ventajas, como estar a escasos dos kilómetros de la Alameda Central o vivir en un terreno ligeramente más alto que el nivel promedio de la ciudad, con lo cual se estaba a salvo de uno de los grandes problemas de la urbe: las inundaciones.

La población de la colonia comenzó a crecer de manera importante a partir de 1880 y fue entones que inició su época de esplendor. Su periodo de auge sucedió durante el porfiriato, cuando se afianzó como un barrio para la pequeña y mediana burguesía, así como para unas cuantas familias ricas. Precisamente es en esta época cuando entra en escena uno de los elementos más característicos de la colonia, el Kiosco Morisco, que, sin embargo, no se creó para la Santa María. El kiosco se construyó para albergar al pabellón mexicano en la Exposición Internacional de Nueva Orleans celebrada en 1884. Una vez finalizada la exhibición, el kiosco regresó a México y fue instalado en la Alameda Central, en donde habría de permanecer una década. Fue hasta principios del siglo XX que se trasladó a la Santa María la Ribera, convirtiéndose en el espacio público más representativo del barrio.

Ya en el siglo XX, con la llegada de la Revolución, la Santa María se convirtió en un refugio para un sector importante de la clase alta, ya que estaba a una distancia segura de la capital y los conflictos armados, a la vez que ofrecía un entorno lo suficientemente refinado (Boils, 2005).

El final de la Revolución trajo consigo un cambio importante para la composición social de la Santa María la Ribera, ya que la clase alta emigró y en su lugar llegaron profesionistas, empresarios menores y artistas, con lo cual la zona pasó a ser predominantemente de clase media. La época de esplendor del barrio ‘burgués’ había llegado a su fin. Otro punto importante es que, a partir de ese momento, se empiezan a construir viviendas y edificios pequeños para clases menos acomodadas en la zona norte de la colonia y la zona perimetral de la misma.

Los cambios en la composición social del barrio continuaron, al igual que un deterioro material de los inmuebles. Muchas de las casonas se dividieron para albergar a más familias y se construyeron algunas vecindades, lo cual provocó un incremento en
la densidad poblacional del barrio. Para los años sesenta, la Santa María ya era una colonia de clase popular y media baja (Boils, 2005).

Durante la segunda mitad del siglo XX, el barrio no experimentó grandes cambios en cuanto a su composición o estructura, pero sí respecto a la identidad barrial y las condiciones generales de vida. La Santa María comenzó a ser asociada con la delincuencia— se le empezó a llamar ‘Santa María la Ratera’ y para 1998 era la novena colonia con más delitos en la ciudad— y la calidad de los servicios públicos entró en decadencia. Incluso el Kiosco Morisco y su alameda, que otrora fueran símbolos del barrio y orgullo de sus habitantes, sufrieron un acelerado deterioro.

En principio, la Santa María abarcaba 95 hectáreas y hoy ocupa más de 180, con la Avenida Insurgentes, la Flores Magón, Circuito Interior y San Cosme delimitando su perímetro. Pertenece a la coordinación territorial I de la Delegación Cuauhtémoc, denominada Santa María Tlatelolco, ubicada hacia el norponiente de la demarcación y abarcando a las colonias Santa María la Ribera, Santa María Insurgentes, Atlampa, Nonoalco-Tlatelolco, Buenavista y San Simón Tolnahuac.

En el siguiente aparato de abordará más a fondo la relación entre la colonia y la delegación a la cual pertenece, sin embargo, cabe mencionar algunas características importantes. En primer lugar, la Santa María y su Alameda Central son consideradas zonas de patrimonio artístico, lo cual las sitúa bajo la protección de la Ley de Salvaguarda de Patrimonio Urbanístico Arquitectónico del Distrito Federal. De acuerdo con el gobierno local, la zona cuenta con 22 elementos de patrimonio cultural, que incluyen estatuas, monumentos, bustos, pedestales y esculturas. Así mismo, la Alameda de Santa María la Ribera esta tipificada como un área de valor ambiental para la delegación. Por último en lo que respecta a la situación socioeconómica del barrio, éste cuenta con un nivel de marginación bajo y, al igual que el resto de la delegación, cuenta con una población de adultos mayores por encima del promedio de la ciudad.

Delegación Cuauhtémoc: particularidades de una delegación

Para entender los procesos de cambio socioespacial que experimenta la Santa María la Ribera, es necesario conocer un poco más sobre la delegación— ahora alcaldía— a la que pertenece: la Cuauhtémoc.

El gobierno de la capital dividió al territorio en delegaciones a partir de 1970 y durante esa delimitación/reparto, a la delegación Cuauhtémoc se le asignó una porción de territorio que equivalía a la totalidad de la ciudad hasta 1930. Es decir, si viajáramos al pasado, toda la ciudad cabría en la Cuauhtémoc. Este punto es relevante porque explica la riqueza cultural, histórica y arquitectónica de la zona— cuenta con más de 1500 inmuebles catalogados—, así como su valor simbólico, ya que es aquí donde residen los poderes económico, político y religioso. A pesar de que no se trata de la delegación más poblada, sí es la que cuenta con la mayor población flotante, que equivale a cinco veces el número de sus habitantes.

En esta delegación viven 532,553 habitantes3, siendo el 53% mujeres y el 47% hombres. Aunado a esto, cuenta con un porcentaje de adultos mayores superior al del resto de la ciudad y con una población flotante diaria de alrededor de 4.5 millones de personas. Otros puntos relevantes sobre su composición social son que alrededor del 2.1% de los habitantes son de origen indígena y es aquí donde se concentra el 36% de la población en situación de calle de la ciudad.

En cuanto al territorio, la delegación Cuauhtémoc representa el 2.18% (32.44 Km2) de la superficie total de la Ciudad de México y abarca a 33 colonias agrupadas en seis coordinaciones territoriales. La demarcación cuenta con tan sólo 4 parques y jardines y 61 plazas públicas, lo cual equivale a apenas el 3% de su territorio total y habla de una escasez de espacios públicos en una zona que atrae a millones de personas día con día.
La concentración de infraestructura y actividades comerciales, financieras y
culturales de la zona equivalen al 4% de la producción bruta total del país y hacen de la Cuauhtémoc la séptima economía nacional. De igual manera, es uno de los puntos principales para el comercio de mayoreo y menudeo, actividades que atraen a una población flotante de 1.5 millones de personas en un área de poco más de 9 kilómetros cuadrados que es donde se encuentran los corredores de especialización terciaria. Así mismo, esta delegación concentra al 10% del comercio ambulante de la capital.

De acuerdo con el Programa Delegacional de Desarrollo en Cuauhtémoc 2016-2018, documento en el que se establecen los lineamientos el gobierno local, la población del área se redujo entre 1970 y el 2000, siendo el sismo de 1985 una de las principales razones por las que zonas enteras se despoblaron. Durante muchos años, esta delegación fue más un sitio de tránsito que de habitación, ya que la gente acudía a la Cuauhtémoc para trabajar, realizar compras o alguna actividad de esparcimiento, no para quedarse a vivir. Fue hasta el año 2000 que la zona comenzó a repoblarse, gracias a proyectos del gobierno como el Bando Dos, especialmente diseñado para redensificar las cuatro delegaciones centrales de la capital, entre las que se incluye la Cuauhtémoc.

Como se puede ver, la delegación es un polo de permanente actividad, que diariamente atrae a millones de personas a su territorio; sin embargo esto también significa la concentración de factores de riesgo, lo que la vuelve una demarcación altamente conflictiva. Actividades ilícitas como el narcomenudeo, los giros negros y el contrabando están presentes en el área, al igual que una alta concentración de población en estado de calle y trabajadores sexuales. De acuerdo con la procuraduría de la Ciudad de México, siete de las 10 colonias más conflictivas se ubican en la Cuauhtémoc: Juárez, Centro, Obrera, Roma Norte, Santa María la Ribera, Morelos y Guerrero. Aún más, de acuerdo con el balance de la Procuraduría General de Justicia de la ciudad, durante el primer semestre de 2018, la Cuauhtémoc concentró una tasa de 253.5 delitos de alto impacto por cada cien mil habitantes, convirtiéndose en la delegación más insegura de la capital. Es decir, aquí es donde se concentran los robos, asaltos, homicidios y violaciones.

Espacio urbano en la CDMX: luchas y controversias

Una vez que se ha abordado a la colonia y a la delegación a la que pertenece, es momento de hacer el salto hacia la unidad mayor que las contiene a ambas: la Ciudad de México. ¿Cómo se entiende al espacio urbano en la metrópoli?

Primero, vale establecer algunas precisiones. La capital cuenta con una población de cerca de nueve millones de habitantes, siendo el 52.6% mujeres y el 47.4% hombres4, lo que la convierte en la segunda entidad más poblada del país. Históricamente, la ciudad ha fungido como núcleo de todos los poderes, así como punto de referencia en cuanto a modernidad y desarrollo. Aunado a esto, en el contexto de inseguridad y violencia que vive buena parte de México, la capital se ha mantenido como un sitio relativamente pacífico—o al menos esa es la imagen que han buscado mantener las autoridades locales. Si bien se trata de una megaciudad digna de estudiarse desde múltiples ángulos, el presente apartado se enfocará en lo referente al espacio urbano y el desarrollo inmobiliario, tema que sirve como un microcosmos para abordar temas de gran importancia para la ciudad.

La gran concentración de población en la Ciudad de México trae consigo una demanda por espacios de vivienda y esparcimiento, que genera una oferta constante de nuevos desarrollos inmobiliarios dentro y alrededor de la metrópoli. El problema es que muchas veces, las construcciones están plagadas de irregularidades, que van desde construir más pisos o cajones de estacionamiento de los aprobados, a realizar cambios ilegales en el uso de suelo y hasta utilizar materiales baratos para ahorrar costos. Todo esto, combinado con la sismicidad de la zona, llega al extremo de cobrar vidas. La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal clasifica a la corrupción inmobiliaria como un riesgo mortal para los capitalinos. Entre 2011 y 2017, dicho organismo recibió 234 quejas de temas relacionados con el crecimiento urbano y emitió 23 recomendaciones sobre casos de violaciones a derechos humanos por inmobiliarias. Más allá de ser una actividad económica, el desarrollo inmobiliario incide directamente en los derechos de los habitantes de la ciudad.

El derecho al espacio público es, desde hace años, un tema de discusión en las
grandes metrópolis y la Ciudad de México no es la excepción. En Los símbolos en los movimientos sociales: El caso de Superbarrio, Reyna Sánchez Estévez hace un recorrido por los movimientos de protesta por el espacio urbano que han surgido en la Ciudad de México. Si bien la lucha por mejores servicios, infraestructura y viviendas dignas siempre ha estado presente en la capital, Sánchez identifica al sismo de 1985 como el detonante de una nueva manera de entender y protestar por el espacio. “Con los sismos las demandas se presentan de manera radicalmente distinta, la gente lucha por quedarse en su barrio, por no ser expulsada de la ciudad ni de sus colonias” (Sánchez, 2004: 30).

Tras el desastre, las autoridades centraron su atención en el centro de la capital y lanzaron distintas iniciativas para desalojar las cientos de vecindades de la zona, aduciendo a la inestabilidad del terreno e infraestructuras. El problema era que no ofrecían alternativas a los habitantes, quienes percibieron la medida como un despojo y expulsión de su patrimonio. Es decir, es aquí donde nace las lucha por la vivienda digna y contra la corrupción inmobiliaria.

A partir de ese momento, surge un nuevo marco maestro de acción colectiva (Snow & Benford, 1992), que es el responsable de dotar de sentido y articulación gramática a un movimiento social. Esta “nueva cultura de la protesta” identificada por Sánchez es impulsada por las exigencias de igualdad en los servicios, justicia en el pago de las rentas y una relación en términos de igualdad con los caseros (Sánchez, 2004). Entre las primeras manifestaciones de este nuevo marco que desafiaba los códigos culturales existentes, se encuentran la Coordinadora Única de Damnificados, la Asamblea de Barrios de la Ciudad de México y Superbarrio Gómez. Todos ellos protestaban contra la manera en la que el gobierno pensaba al primer cuadro de la capital, porque “respecto de la habitación en el centro de la ciudad, la estrategia gubernamental es siempre la misma: la limpieza a partir de la expulsión de los desarrapados de las colonias céntricas” (Sánchez, 2004: 44). Durante años, los habitantes de esta zona habían padecido la falta de recursos básicos, una infraestructura insuficiente y un total olvido de parte del gobierno; tras el sismo, la mala y tardía respuesta de las autoridades instauraron en ellos una noción de agravio moral y decidieron movilizarse.

Si bien el sismo de 1985 generó cambios positivos en los reglamentos de construcción y ordenación urbana, en 2017, a 32 años del desastre, un nuevo terremoto sacudió a la Ciudad de México y puso en evidencia que la corrupción inmobiliaria nunca se había ido. Una vez más, la ciudadanía se movilizó y los damnificados se unieron para exigir al gobierno la reconstrucción pronta y segura de sus viviendas, siendo los vecinos del Multifamiliar Tlalpan un claro de ejemplo de ello. A la fecha, miles de familias esperan el cumplimiento de sus demandas.

La relación entre el espacio urbano, el espacio público y los desarrollos inmobiliarios también incide directamente en la seguridad. “La delincuencia está creciendo en las franjas donde prevalece la ilegalidad. Dos ejemplos claros son el ambulantaje y el urbanismo salvaje, actividades con altísimos márgenes de ganancia” (Aguayo, 2017). Aún más, en el estudio El poder en las calles de la Cuauhtémoc: violencia, espacio público, capital social y discriminación, se plantea que el enfrentamiento entre lo legal y lo ilegal se puede medir a partir de las formas en las que se usa y abusa de los espacios públicos. El estudio se enfoca en la Cuauhtémoc, delegación de las congregaciones, que cuenta con un número reducido de espacios en función de la cantidad de gente que recibe. En consecuencia, los espacios están siempre en disputa, misma que muchas veces no es pacífica ni se apega a la ley. Los espacios públicos son de vital importancia porque posibilitan la creación de comunidad y sentido de pertenencia; es decir, son los sitios en los que se genera la interacción entre los distintos sectores de la ciudadanía. Hoy la ciudad, y no sólo la Cuauhtémoc, adolece de estos espacios y, en su lugar, se generan cada vez más espacios para el consumo disfrazados de espacios públicos. Esto es, la única convivencia que se fomenta es aquella que pueda retribuir algún beneficio económico.
A lo largo de los últimos 12 años, se han construido e inaugurado 108 plazas comerciales en la Ciudad de México (Cabrera, 2018). El periodista Rafael Cabrera rastrea el origen de este fenómeno al periodo de Andrés Manuel López Obrador como jefe de gobierno de la capital. Durante su administración, incentivó la inversión y desarrollo inmobiliario en Paseo de la Reforma y la zona Centro, con el fin de convertirlos en el núcleo económico del país. El gobierno prácticamente se puso al servicio de la inversión privada y le dio todas las facilidades para llevar a cabo sus proyectos. Desde entonces, el gobierno se supeditó a los intereses inmobiliarios, actitud que aún mantiene hoy en día y que explica el boom de centros comerciales y megaproyectos en años recientes.

Respecto a las plazas comerciales, los desarrolladores tienen la obligación de destinar recursos a obras de mitigación, con el fin de reinvertir un porcentaje de sus ganancias en obras que beneficien al área en la que están construyendo. Sin embargo, Cabrera menciona que, una vez que el dinero ingresa a la Tesorería de la Ciudad de México, se extravía y no es reinvertido. Pero, ¿cuál es exactamente la función que cumplen las plazas comerciales para los capitalinos? Más allá de ser espacios de consumo, se presentan como alternativas y sustitutos de los espacios públicos, que se han deteriorado debido a la inseguridad. Aunado a esto, las autoridades locales han fallado en la creación de espacios públicos, pues la cantidad que han inaugurado en años recientes ha sido mínima. El problema es que las plazas comerciales no cumplen con las funciones por excelencia del espacio público: no son abiertas a todos y sólo posibilitan la convivencia entre sectores determinados de la población. Es decir, son mundos fraccionados y ofrecen una visión fraccionada del mundo.

Gentrificación: la cara más conocida del urbanismo salvaje

Corrupción inmobiliaria, desigualdad social, un gobierno ineficaz que está supeditado a la iniciativa privada… Todos los elementos ya están sobre la mesa y de su unión surgen distintas consecuencias, siendo la gentrificación la más conocida. En años recientes, el término se ha vuelto usual para describir la transformación por la que pasan ciertos barrios en aparente estado de abandono que luego se convierten en los lugares caros y de moda.

¿Cuándo se puede hablar de gentrificación? ¿Basta con que una zona comience a aumentar su plusvalía para aplicar esta palabra? ¿En todas las ciudades sucede la misma manera? Existe un gran debate en torno al mero uso de la palabra, ya que surgió para explicar el contexto londinense y en general se ha usado para realidades en las que la planeación urbana y las relaciones entre las clases sociales responden a una estructura determinada. Es decir, la palabra no se puede importar y aplicar de manera indiscriminada en otras latitudes, como en las ciudades latinoamericanas, porque el fenómeno y sus actores se relacionan de manera distinta dependiendo del lugar. Por ello, han surgido conceptos alternativos, como ‘aburguesamiento’ o ‘elitización’, que tratan de traducir y adaptar el término a otros contextos.

La socióloga Ruth Glass (1964), fue quien acuñó el término para explicar el fenómeno por el que pasaban barrios como el de Notting Hill en Londres. Esas zonas, que eran habitadas por la clase trabajadora, empezaron a sufrir un influjo de gentry o burgueses, cuya llegada provocaba una subida en los costos de vida y terminaba por expulsar a la población original que era incapaz de pagarlos. Si bien el caso de Notting Hill es emblema y origen, la gentrificación pronto se esparció a otras grandes urbes, como en el caso de Nueva York. Hoy, Brooklyn y Harlem son sitios de moda, en los que abundan los cafés, las tiendas de diseño y los apartamentos cuyo valor asciende a seis cifras; sin embargo, hasta hace algunas décadas esos barrios eran considerados zonas rojas por el nivel de marginalidad e inseguridad que tenían.

A grandes rasgos, la gentrificación opera de la siguiente manera: primero, se cuenta con un barrio cuyas características—ya sea su ubicación, historia, o inmuebles con alto valor artístico y cultural—lo dotan de un potencial atractivo para el desarrollo inmobiliario. Estos barrios suelen estar en el olvido, con severas carencias en servicios, infraestructura y seguridad, además de contar con una población de nivel socioeconómico bajo. Una vez que gobierno e inversión privada se dan cuenta del potencial del barrio, emprenden una campaña para su ‘rescate’ o ‘rehabilitación’, valiéndose de problemas como la inseguridad o la marginalidad para justificar sus acciones. Acto seguido, el gobierno abre las puertas al capital privado para que ‘recupere’ la zona a través de proyectos de desarrollo inmobiliario, que una vez culminados, aumentan la plusvalía del área, así como el costo de los servicios y la vida en general. En consecuencia, la población que durante años habitó ahí, sufriendo carencias y diversos problemas, ve cómo, de un día para otro, su barrio recibe la atención que por años le fue negada y se ve forzada a abandonar la zona porque ya no puede pagar la vida ahí.

En el caso de la Ciudad de México, colonias como la Condesa o la Roma son casos ejemplares de la gentrificación. En sus orígenes fueron zonas para la burguesía, pero tras el sismo de 1985—en el que experimentaron graves daños— sufrieron un éxodo de población y una disminución de valor, lo cual permitió que clases medias y medias bajas se mudaran ahí. Sin embargo, hacia inicios de los 2000, entraron en proceso de gentrificación y hoy se encuentran entre las zonas más caras para vivir de la ciudad.

Como la gentrificación ya se ha consolidado en la Roma y la Condesa, varias de sus colonias cercanas pasaron a ser el foco de atención de la inversión privada. En mayo de 2014, la revista Forbes publicó una nota titulada “5 colonias con potencial en el D.F.”, en la que enlistaba las zonas con mejores probabilidades de desarrollo en el futuro cercano. La Santa María la Ribera forma parte de ese lista, y la revista aseguraba que era una zona “ideal” para estudiantes y familias pequeñas, con una buena ubicación y un estilo de vida menos ajetreado que el de la Roma-Condesa.

En 2014, año de publicación de la nota, el precio de renta por metro cuadrado en la Santa Maria la Ribera era de $117, mientras que para 2018 es de $2505. De esta manera, un departamento de 68 m2 que en 2014 costaba $7956 al mes, hoy asciende a $17,000. Una búsqueda en los portales de bienes raíces de la zona arroja costos promedio de renta entre los $10,000 y los $15,000 al mes. Sin embargo, los inmuebles más nuevos y aquellos cercanos a la alameda suelen superar estos costos y ubicarse cerca de los $20,000 mensuales. La Santa María se encuentra en plena gentrificación y basta con hacer un recorrido a pie por la colonia para notarlo. Hay muchas construcciones en curso y otras tantas ya finalizadas, que rompen con el paisaje del barrio con su arquitectura moderna e impersonal, además de sus portones altos y enrejados. A diferencia de la Roma y la Condesa, la Santa María aún conserva su aire de barrio, con negocios originarios y una población diversa. Pero una vez que la gentrificación es puesta en marcha, ya no hay paso atrás. Sin embargo, resulta interesante ver algunas de las acciones y respuestas de los vecinos ante la gentrificación.

Santa Mari la Juaricua, santa patrona contra la gentrificación

Santa Mari la Juaricua, o Santa Mari para los amigos y devotos, es una santa “profana, anarquista, laica y callejera”, según la describe Jorge Baca, autor, junto con Sandra Valenzuela, de esta figura, que surgió para visibilizar el proceso de gentrificación en la Ciudad de México. Tanto Sandra, vecina de la colonia Juárez, como Jorge, habitante con arraigo de la Santa María la Ribera, son artistas y están familiarizados con la gentrificación, por lo que cuando detectaron los signos de ésta en sus barrios, decidieron unir fuerzas para responder de manera creativa e irónica a este proceso. Su objetivo nunca fue detener a la gentrificación, pues como su propia experiencia se los había mostrado, ésta no tiene vuelta atrás. Más bien, buscaban que el resto de las personas estuviera al tanto de los cambios que estaban sucediendo en su entorno y no recibieran desprevenidos el golpe de un desalojo o un aumento significativo de renta. Como ningún poder terrenal los podía ayudar a luchar contra la gentrificación, decidieron crear a su propia protectora divina.

La historia de Santa Mari está plagada de curiosidades y la figura fácilmente se podría convertir en un caso de estudio por sí sola, sin embargo, para fines de este trabajo, haremos una breve descripción de su historia. Hace algunos años, una artista se preguntaba por su futuro y sobre la posibilidad de llegar a construir un patrimonio, cosa que le parecía compleja debido a la mala paga que recibía por su trabajo. Pero un día, la suerte pareció sonreírle, puesto que encontró un departamento espacioso, en una zona bien ubicada, a un excelente precio; el único problema era que se encontraba en mal estado y comprarlo implicaba adquirirlo con todo lo que hubiera en su interior. Las ventajas superaron a los puntos negativos y tomó la decisión de comprar el inmueble. El lugar estaba lleno de basura, pero también había algo más, oculto bajo las cajas y cachivaches: una talla de algo que pareciera ser una virgen o algo relacionado con la religión. La figura se encontraba muy dañada: no tenía pies y su rostro estaba muy dañado. Sin embargo, artista al fin y al cabo, la mujer vio su potencial y decidió llevarla con un restaurador.

A la par, la artista se involucró en distintos movimientos que buscaban cambiar la gestión del espacio público en la Ciudad de México y conoció a otro artista, vecino de la Santa María la Ribera, que, como ella, se preocupaba por temas como el uso excesivo del automóvil, la comercialización de los espacios públicos y la mala gestión gubernamental de la ciudad. Hicieron clic y comenzaron una amistad creativa que los llevó a diseñar distintos proyectos con los cuales atraer atención hacia ciertos temas relacionados con la metrópoli. Además, ambos habían comenzado a notar cambios en sus respectivos barrios, por lo que decidieron crear una figura que los protegiera contra ellos. Fue así que nació Santa Mari la Juaricua, nombre resultado de la unión de Juaricua, como comúnmente se le llama a los habitantes de la colonia Juárez, y Santa María la Ribera. No es una santa como las demás, pues porta lentes de pasta (como los de los nuevos habitantes que llegan a las colonias), un sombrero de paja (para cuidarse del sol mientras protege a las personas que son desalojadas) y va acompañada por un canino (la Perra Banqueta, que hace alusión al espacio público). Aunado a esto, al ser la santa morada despojada, el morado es su color.

El proyecto artístico cobró gran popularidad y generó curiosidad tanto vecinal como mediática. Había días en los que Santa Mari aparecía de manera misteriosa afuera de predios en conflicto o apunto de ser desalojados y pronto se hizo acreedora de un pequeño pero devoto círculo de seguidores, quienes incluso realizaron un par de procesiones en su honor. De proyecto artístico pasó a figura reverenciada, figura mediática y referencia sobre la gentrificación en la Santa María la Ribera y la Juárez. Santa Mari surgió a partir de los significados que dos artistas le dan a la gentrificación, pero también se convirtió el objeto de nuevos significados.

Marco teórico. La comunicación como perspectiva de análisis para el estudio de la experiencia de la gentrificación

El presente trabajo analiza la manera en la que los distintos grupos sociales de una colonia construyen significados sobre los cambios socio-espaciales que experimenta su entorno debido a los procesos de gentrificación. El caso específico del que se parte trata de la Colonia Santa María la Ribera, en donde conviven distintos grupos de poder, siendo los más relevantes para esta investigación los vecinos, los agentes inmobiliarios y las autoridades de la delegación Cuauhtémoc, pues representan, respectivamente, a los perdedores, ganadores y facilitadores del proceso de gentrificación. Partiendo de sus experiencias y mundos de vida, los integrantes de cada uno de estos grupos construyen significados en torno al proceso por el que pasa su barrio. Pero, ¿cómo es que sucede la construcción de significado? Esta interrogante será nuestro hilo conductor, que nos llevará por los caminos de la comunicación y de la fenomenología.

Al centrarnos en la pregunta por el significado y su construcción, nos situamos en un momento previo a la comunicación; es decir, nos abocaremos al estudio de las condiciones que posibilitan la comunicación, entendiendo que para tener algo que expresar, primero hay que construirlo. De la misma manera, no se pretende proponer al significado sobre la gentrificación de alguno de los grupos como mejor que los otros, sino de conocer su proceso de construcción y los elementos que toman parte en ello. Para lograr todo lo anterior, se parte de una perspectiva biofenomenológica de la comunicación, que ve a la comunicación como un comportamiento expresivo que funciona con la información o significado que se construye a través de la experiencia de vida, como respuesta a determinados estímulos y en el entorno en el que se desenvuelve el ser. Al lidiar con el significado/sentido y la experiencia, tomamos a la fenomenología como sostén teórico.

Si bien ya hemos traído varios conceptos a la luz, es necesario abordarlos a profundidad para entender el rol que juega cada uno para la construcción de significado. Por ello, el marco teórico se organiza como sigue: primero, se explica la perspectiva biofenomenológica de la comunicación con el fin de introducir la importancia de la experiencia en la construcción de significados y el valor fundamental de estos para la comunicación. Después, se presenta una breve exposición sobre la fenomenología, con el fin de desentrañar el interés por la experiencia, la manera en la que ésta sucede y sus implicaciones para el habitar del ser en el mundo. Finalmente, se realiza una breve relación de conceptos entre comunicación y fenomenología, para establecer categorías de análisis y sustentar la elección de metodología.

La construcción de significados como condición de posibilidad de los actos y comportamientos comunicativos

¿Qué entendemos por comunicación y cuál es su materia prima? ¿Qué es lo que comunicamos? Una posible respuesta nos la otorga la perspectiva biofenomenológica de la comunicación (Romeu, 2019), que entiende a la comunicación como una expresión que pertenece al sujeto— por lo tanto subjetiva— generada a partir del mundo de experiencia de cada uno. Algo importante es que no entiende a la comunicación como el intercambio de información con otros a fin de generar un entendimiento, sino que propone entender a la comunicación desde el punto de vista social como una interacción de expresiones subjetivas que no forzosamente implican llegar a un punto en común o a un acuerdo.

A grandes rasgos, la visión de la propuesta biofenomenológica se puede resumir en torno a tres puntos esenciales: (1) la construcción de la información se da a partir de procesos de atención y selección de un estímulo, así como de una relación de socialidad que es representativa de la experiencia de percepción del ser; (2) el uso expresivo de la información (lo comunicativo) sucede de distintas maneras y con diversos alcances y (3) existen intereses y motivaciones en el decir que pueden responder a la supervivencia, a aspectos simbólicos o a procesos de socialización. Ahora bien, iremos abordando cada uno de estos postulados.

En primer lugar, es necesario entender el contexto en el que surge la propuesta biofenomenológica. De acuerdo con Romeu (2018), históricamente la comunicación se ha estudiado como resultado del mundo social-cultural, cuando en realidad funciona como su motor. Al poner el foco de atención sobre los mensajes concretos, se ha descuidado el estudio de las condiciones que posibilitan a estos en primer lugar. Por ello, esta propuesta entiende a la comunicación no sólo a partir de su manifestación, sino también de su posibilidad y de las distintas formas en las que se presenta. Así mismo, permite comprender el impacto de la comunicación en la cultura y en el poder, ya que al no ser un mero producto de la interacción social, funciona como su impulso y cimiento.

Siguiendo esta línea, para que la comunicación pueda suceder, se requieren tres condiciones: (1) la interacción del organismo con su entorno, ya sea éste físico, social o cultural; (2) la construcción de un significado a partir de la información obtenida de esa interacción y (3) el uso de dicha información para guiar la existencia a través de la proyección hacia el exterior de un significado (Romeu, 2018). La identidad, los valores y los comportamientos del otro entran en juego al momento de interactuar; es decir, interactuamos con el mundo de vida de los otros. Si bien esta interacción puede generar cambios en nuestro mundo de vida, también puede no hacerlo. Comunicar es entonces una posibilidad y una proyección de los significados que cada uno ha ido construyendo para relacionarse con el mundo; y al ser proyección, implica una expresión que puede o no tener respuesta.

Toda expresión muestra algo ante o por algo, mas no para alguien. “Este algo puede conceptualizarse como el estímulo que le demanda una respuesta expresiva, pero ante el cual el ser la moviliza o no en dependencia de sus intereses y motivaciones contingentes en el espacio-tiempo concreto en el que se da” (Romeu, 2019). De modo que la expresión es un comportamiento del orden del decir, que se vale de cualquier soporte expresivo que funja como vehículo de significado para el individuo. Es decir, los significados no sólo recaen en las palabras, sino que pueden presentarse a través de la indumentaria, los edificios, las calles, entre otros.

Romeu propone que el ser humano está inserto en tres tipos de entornos: el físico natural, el social y el simbólico cultural, siendo este último en donde entran los significados socioculturales. De acuerdo con las experiencias que tengamos en cada uno de los entornos, iremos construyendo significados y, sea cual sea el caso, la experiencia implica una percepción que se vive, se siente y se construye desde el individuo. Esta percepción busca un fin, es decir, es una búsqueda de sentido que puede suceder de distintas maneras, por ejemplo, a través de los sentidos y/o de la razón (Romeu, 2019).
Si bien percibimos cosas de manera permanente, es posible distinguir entre, al menos, tres formas de esta actividad: por la vía metabólica, por la vía sensible y por la vía intelectiva o racional. La primera se refiere al nivel primario de la percepción, en el que la información se construye a partir de procesos que ya están genéticamente en el individuo, por lo cual es innata, predeterminada e inconsciente, siendo la supervivencia su único fin. La vía sensible toma en cuenta al aparato sensorial del ser, pero también su capacidad de desarrollar información emotivo-afectiva relacionada con la manera en la que se perciben las cosas. Por último, está la cognición racional o la vía intelectiva, en la cual se construyen significados a través de conceptos o ideas; siempre es consciente y se orienta al entendimiento con el otro. A diferencia de las otras dos vías, la cognición racional permite la expresión intersubjetiva o social. Estos tres caminos forman la estructura topológica del sentido, una estructura de representaciones que guían el comportamiento de los seres vivos con fines de supervivencia, adaptación y, en ocasiones, comunicación.

Retomando: conforme interactuamos con el mundo, lo percibimos y construimos
información; es decir, la información emerge “de la actividad cognitiva del ser cognoscente” (Romeu, 2019). Y esta información funciona como un signo o representación que permite al ser interpretar la realidad y comunicar, siendo esto último una posibilidad y no una regla. En cuanto a los significados, estos surgen de la experiencia a partir de la percepción, son de tipo subjetivo y tienen fines adaptativos y de supervivencia del ser con el entorno en el que se desarrolla. Entonces, la búsqueda de sentido es “una actividad perceptiva vital pues los seres vivos solemos tender a ella para sobrevivir en la medida en que nos adaptamos al entorno o medioambiente” (Romeu, 2019).

Aunado a esto, los significados se tornan en la materia prima de la comunicación, en tanto que permiten decir algo. De modo que el ser humano tiene la necesidad de expresar hacia el exterior los significados que ha construido a través de la experiencia para poder gestionar su vida. De ahí que, para la visión de comunicación que aquí se defiende, la expresión sea unidad de análisis y objeto de estudio, porque es a partir de ella que se entiende la construcción de los significados y el uso que se les da dentro de una situación comunicativa específica. Surgen aquí dos dimensiones de análisis de la expresión: la individual y la interactiva o social. La primera funciona como base para el resto de la comunicación, puesto que se crea a partir de una expresión performativa de los significados que no está orientada hacia otro individuo; por otro lado, en la dimensión interactiva el acto expresivo sí se orienta hacia el otro, volviéndose así intencional y consciente (Romeu, 2018).

Una vez asentadas las dimensiones de análisis, cabe preguntarse por su articulación, que da lugar a la interacción comunicativa. Ésta es una especie de ‘cadena’ de expresiones individuales en la que cada eslabón-expresión da lugar al surgimiento de la siguiente. Es decir, la expresión de un individuo da lugar a la de otro, generando una secuencia de expresiones a través de la interacción; esta cadena es el sustento de la interacción social (Romeu, 2018). De este modo, las relaciones sociales no sólo atienden a un contexto espacio-temporal, sino también a las experiencias que individuo y grupos construyen sobre ellas.

Llegados a este punto, podemos proponer dos tesis: (1) para poder comunicar, primero se debe tender algo qué comunicar y (2) la comunicación es un comportamiento para la supervivencia y adaptación del ser vivo al entorno en el que está inserto y se desarrolla. En este contexto, Romeu (2019) entiende al comportamiento como un movimiento con sentido o

un comportamiento signado por la significación, de manera tal que el comportamiento deviene un movimiento, un desplazamiento o un cambio en la conducta que se objetiva en una acción concreta a partir de los significados construidos por el organismo en su inevitable interacción o experiencia con el mundo o la realidad, sea esta física, social o simbólico-cultural, donde se traduce.

El comportamiento se relaciona con la forma y contenido de los significados que se construyen durante la experiencia, ya que es la forma en la que el ser responde ante ciertos estímulos. Al hablar de estímulo, nos referimos a una señal que exhorta a los seres vivos y que marca el rumbo de la percepción a través de mecanismos de atención y selección. Esto quiere decir que percibimos al estímulo como una señal de algo según nuestros intereses en determinado momento. Por ello, el estímulo emerge de la atención—no siempre consciente— del ser en función del entorno en el que está inserto (Romeu, 2019). Los comportamientos comunicativos se comportan de la misma manera, en respuesta a un estímulo. De esta manera, cuando el individuo se expresa, significa con su expresión aquello que le es relevante o significativo para responder al estímulo que lo está movilizando.

Retomando: la biofenomenología ve a la comunicación como un comportamiento expresivo que funciona a partir del significado que el ser construye a partir de su experiencia de vida, en repuesta a ciertos estímulos y en un entorno determinado en el que se desenvuelve. Además, un ser vivo puede desarrollar y llevar a cabo un gran
espectro de formas expresivas dependiendo de sus capacidades, competencias y habilidades, así como de las motivaciones que tenga para llevar esto a cabo.

Después de aclarar la idea de comunicación de la que se parte, es preciso responder a una pregunta más: ¿Por qué elegir esta postura en contra de otras más tradicionales o conocidas? Porque entiende a la comunicación como motor de lo social y pone el foco sobre algunos puntos ciegos que otros abordajes ignoran o dan por sentado. Por ejemplo, el Interaccionismo Simbólico de la Escuela de Chicago centra por completo sus estudios en la interacción de orden social, con lo cual excluye a otros tipos de interacción o procesos creadores de significados. Además, presupone siempre la existencia de una puesta en común o entendimiento que se genera a partir de la interacción, cosa que no siempre sucede. Para esta corriente, el malentendido es una interacción trastocada y la comunicación se ve como una orquestación para la acción (Durham, 2014). En cambio, si se asume al malentendido como parte fundamental de la comunicación, ésta se desprende de la necesidad de generar un resultado racional o de entendimiento y se abre un abanico de posibilidades; comunicar no forzosamente debe de implicar que el otro acepte o entienda lo que se le está diciendo. La presente investigación parte precisamente de una situación en la que diversos grupos no logran llegar a un acuerdo sobre los procesos socio-espaciales que experimenta su barrio; es más, ni siquiera están interesados en ello. Más bien, lo que buscan es construir significados que les permitan sobrevivir en un entorno cambiante. Por esta razón, se ha elegido la idea de comunicación a partir de la biofenomenología.

Ahora bien, ya hemos hablado de comunicación, significado, expresión y
experiencia; aún falta explicar como todos estos conceptos entran en juego en la Santa María la Ribera. A grandes rasgos, la gentrificación se refiere a la llegada de una clase con mayor poder adquisitivo a un barrio de clase trabajadora, que causa un encarecimiento de los costos de vida y termina por desplazar a la población originaria del lugar. Sin embargo, la gentrificación tiene muchas caras y no todos la experimentan y conciben de la misma manera. Existe un grupo de Facebook denominado ‘Gentrificación no es un nombre de señora’ que de manera humorística, ilustra la variedad de significados que adquiere este fenómeno para distintos grupos. Es así que un vecino que durante toda su vida ha habitado en el mismo barrio experimentará de
manera distinta lo que sucede en el barrio; se percatará de la pérdida de negocios familiares, de la llegada de nuevos vecinos y de un incremento en los costos en el predial; quizás vea a la gentrificación como algo negativo, que viene a destruir esa idea de barrio que significa pertenencia y comunidad. Por otro lado, el agente inmobiliario que ve en ese mismo sitio una excelente oportunidad de negocio llega con una bagaje de experiencias totalmente distinto, que lo han llevado a ordenar sus significados en torno al barrio de manera distinta, privilegiando al aspecto económico sobre el social. Otra mirada es la de las autoridades delegacionales, quienes más bien fungen como ‘mediadores’ de los significados y, en un escenario ideal, tratan de que ningún grupo imponga sus significados al resto.

Cada grupo y sus integrantes crean significados en torno al barrio y sus procesos con base en múltiples experiencias que van más allá de la mera interacción con los otros. El escenario dentro del cual se desarrolla esta construcción de sentido es el espacio, que por sí mismo también es producto de una construcción social a partir de las prácticas espaciales, las representaciones del espacio y los espacios de representación (Lefebvre, 1991). De esta manera, una persona que habita en el barrio, lo utiliza como espacio de socialización y considera su pertenencia a éste como parte de su identidad, lo dota de un sentido totalmente distinto al de un gobernante cuya conexión al barrio cobra sentido sólo durante su mandato o el empresario inmobiliario que dota de sentido al lugar de acuerdo con su plusvalía y valor.

La ciudad actual está plagada de espacios genéricos, que, por sí solos, parecieran escapar a la significación, sin embargo, las acciones y experiencias cotidianas pueden dotar de significado a esos espacios, construyendo así identidades individuales y colectivas a través del sentido de lugar (Mendoza y Bartolo, 2012). El barrio es el ejemplo de sentido de lugar por excelencia, pues por sí solas las calles y edificios pueden no detonar sentido alguno, pero es a a través de las prácticas como el conocer a los vecinos, hacer uso del espacio público y participar en la vida del barrio que éste genera arraigo y pertenencia. De la misma manera, estas experiencias incidirán de manera directa en la comprensión de las dinámicas y procesos que experimenta el entorno.

El papel de la cognición y la experiencia en la construcción de significados

En el apartado anterior hay dos términos que se repiten con frecuencia: significado y experiencia, ambos conceptos rectores de esta investigación y que nos insertan en el ámbito de la fenomenología. Dicha corriente de pensamiento parte de la experiencia del sujeto, al que ve como un ser biológico y social y sostiene que la información es la experiencia representada, que posibilita relacionar a la percepción con un significado. Antes de abordar la construcción de significado desde la fenomenología, es necesario hacer algunas precisiones.
Los significados se han estudiado desde múltiples puntos de vista teóricos, siendo el Interaccionismo Simbólico (IS) una de las posturas dominantes a este respecto. Para dicha corriente, el significado se construye socialmente a partir de la interacción con los otros, dependiendo del marco de experiencia con el que se vive una situación determinada (Blumer, 1982). Es decir, el significado no está dado, ya que no es intrínseco a la cosa ni es una expresión de elementos psicológicos del sujeto sobre la cosa. Conlleva todo un proceso de formación, ya que no es algo que emana de las cosas esperando a ser reconocido, sino que, según el IS, se genera a partir de la interacción con los otros y de la consecuente interpretación de la información recabada a través de la interacción. Sin embargo, esta visión resulta limitante, porque entiende al sujeto exclusivamente a partir de su dimensión social e ignora las experiencias e interacciones que no se dan entre sujetos. Por ello, la fenomenología emerge como una opción más viable, puesto que ve al sujeto más allá de su aspecto social y considera que la interacción y la producción de significado se pueden dar no sólo entre sujetos.

Uno de los primeros en preguntarse por la experiencia y la conciencia fue Husserl, quien a principios del siglo XX sentó las bases de una teoría que más tarde sería retomada y re-enfocada por Heidegger, Merleau-Ponty y Ricoeur, entre otros. Para los fenomenólogos, el principio de la experiencia es fundamental, ya que todo juicio y todo conocimiento remite a la experiencia, o, en palabras de Lyotard, “Todo objeto en general, el mismo eidos, toda cosa, concepto, etc., es objeto para una conciencia” (Lyotard, 1989: 24), de tal modo que la labor está en describir la manera en la que se conoce al objeto y en la medida en que éste es para cada quien. De esta manera, la fenomenología aboca su estudio a lo que se da de manera inmediata a la conciencia y deja que sean las cosas las que se rebelen ante la mirada del sujeto, mirada que está cargada de intuición y de intencionalidad. Esto implica que, a la hora de construir un significado, el acercamiento a la experiencia puede suceder sin presupuestos y sin la presión de interpretaciones previas. Sin embargo, al ser la experiencia algo que sucede de manera única en cada individuo, ¿cómo es que se puede compartir con los otros? A este respecto, Patočka (2005) afirma que:

El lenguaje no es posible sino por el hecho de que somos capaces de pensar lo mismo, tengamos ante nosotros la cosa en su forma y presencia concreta o nada en absoluto. Somos capaces de comunicar nuestra experiencia inmediata con quien no la tiene, y esto de forma que se piensa lo mismo, que aquel con quien nos comunicamos puede pensar lo mismo, dirigirse en la misma dirección (p.12)

Pero el significado no siempre se presenta a través del lenguaje y muchas veces es dado en un momento previo al lenguaje verbal articulado (Detmer, 2013); por ejemplo, cuando luchamos por poner en palabras algo que ya hemos entendido. El poder de comunicar la experiencia a quien no la ha vivido se relaciona con la “mención vacía” y se refiere a la expresión de todo aquello que no se puede percibir de manera directa en determinado momento pero cuyo significado se corrobora habitualmente mediante los sentidos, a través de la experiencia inmediata. La mención vacía y la experiencia que llena— cuando sí se percibe directamente— son momentos que se alternan en nuestro pensar las cosas. Por ejemplo, quizás hemos escuchado que una calle es “muy peligrosa” y, aún cuando nunca hayamos puesto un pie ahí, la expresión nos indica que se trata de un lugar en el que podríamos estar en riesgo. Sin embargo, si algún día vamos a esa calle, podríamos o no comprobar que esto es verdad a través de nuestra propia experiencia. Es decir, la evidencia es la experiencia que nos indica si significación y significado, si afirmación y hecho, coinciden. Esta ‘verificación’ no es pública, sino que se basa en la experiencia que vive cada uno.

La fenomenología que sigue la línea de Husserl centra su atención en el fenómeno, siendo la experiencia del sujeto el punto más importante. Es decir, basa sus consideraciones “en el modo en el cual las cosas son experienciadas en lugar de en ciertas preocupaciones extrañas que simplemente podrían oscurecer y distorsionar lo que hay que entender” (Gallagher & Zahavi, 2014: 28). Por lo tanto, se interesa por conocer el cómo qué es de la experiencia del sujeto; la manera en la que se sienten, viven y experimentan las cosas. El fenomenólogo parte de la experiencia misma y, a través de su descripción detallada, trata de decir cómo sucede la experiencia perceptiva y la manera en la que se estructura para dar lugar a un significado. De modo que los estudiosos de esta corriente se abocan a la comprensión de la percepción a partir de su significado para el sujeto.

En el apartado anterior mencionamos que toda expresión muestra algo ante o por algo, y para los fenomenólogos, toda conciencia es sobre algo o de algo. Esto quiere decir que la experiencia nunca es aislada, sino que siempre involucra una referencia al mundo, entendiendo a éste como el entorno físico, social y cultural en el que se desenvuelve el sujeto (Gallagher & Zahavi, 2014). El que la experiencia no sea aislada también implica que se verá afectada por el lugar en el que se vive, los valores que se tienen, la historia de vida con la que se cuenta, entre otros elementos. Por ejemplo: el anuncio de la construcción de una moderna torre de departamentos en una colonia como la Santa María la Ribera puede generar distintas experiencias dependiendo de los sujetos. Una persona cuya familia ha habitado por generaciones en ese barrio probablemente recibirá la noticia con miedo y enojo y la relacionará con una futura escalada en los costos generales de vida. Por otro lado, una persona que transita por la calle quizás sólo verá una construcción en obra negra y no le dará mayor importancia.

La percepción surge como el puente a través del cual experimentamos al mundo y va más allá de una mera recepción de información; se trata de una interpretación de lo que nos rodea que cambia frecuentemente según el contexto en el que nos encontremos. A este respecto, Gallagher y Zahavi (2014) explican que:

Se debería entender esto como una percepción enriquecida por la experiencia y por modos habituales de experienciar cosas en vez de como un caso de percepción más pensamiento. No es que perciba x y luego añada algo diferente y nuevo, a saber, el pensamiento de que éste es mi coche. La percepción es ya significativa, y puede ser incluso enriquecida por las circunstancias y posibilidades de mi existencia corporizada. El fenomenólogo diría que la experiencia perceptiva está integrada en contextos que son pragmáticos, sociales y culturales, y que gran parte del trabajo semántico (la formación del contenido perceptivo) se ve facilitado por los objetos, situaciones estructuradas y eventos con los que me encuentro. (p.30)

Para ilustrar esta idea, imaginemos un parque público con bancas. Dependiendo del sujeto que seamos y de nuestro contexto, veremos a las bancas ya sea como un adorno, como un estorbo, como un sitio para descansar o incluso como una cama. Así mismo, nuestra experiencia perceptiva se verá afectada por las habilidades corporales y capacidades con las que contemos. Los aspectos espaciales también influyen en la intencionalidad de la percepción, ya que, dependiendo del lugar en el que esté situado nuestro cuerpo, podremos ver o no las cosas.

Un elemento importante para entender a la experiencia es su estructura temporal, que es una especie de anticipación tácita de lo que conllevará nuestra acción posible en un futuro inmediato. Por ejemplo, cuando vemos un edificio, no lo podemos apreciar en su totalidad, pero sabemos que si caminamos un poco y le damos la vuelta, lo podremos ver por completo. Siempre que se percibe un objeto físico, se hace de manera incompleta respecto al objeto, ya que, invariablemente habrá otra parte implícita, porque no percibimos a las cosas en su totalidad. Ya está claro que la percepción de las cosas depende de cada sujeto, sin embargo, los fenomenólogos no la consideran como algo totalmente subjetivo, “sino tal como es vivido a través del perceptor que está en el mundo, y que además es un agente corporizado con motivaciones y propósitos” (Gallagher & Zahavi, 2014: 31). Es decir, lo que percibimos tiene una referencia directa en el mundo, no sólo se queda en nuestra cabeza.

Además de preguntarse por la manera en la que se experiencia el mundo, la fenomenología también se ingresa por el estado ‘fenoménico’ del sujeto. Es decir, la forma en la que éste siente o vive las cosas, con lo cual el estado anímico/emocional también toma un papel importante. Para hacer un breve recuento, podemos decir que la fenomenología es la experiencia misma de primera persona y que se vale de la descripción, análisis e interpretación de la experiencia vivida. En cuanto a la experiencia, sus estructuras son las siguientes: temporalidad, percepción, intencionalidad y fenomenalidad.

En este punto, es necesario aclarar una de las críticas más comunes hacia la fenomenología: que se trata de un enfoque introspectivo y que, por lo tanto, no funciona para generar una metodología. Además de errónea, se trata de una visión reduccionista, que ve a las cosas en términos del adentro y del afuera, siendo la conciencia todo lo que está al interior de la cabeza y el mundo lo que está en el exterior. Siguiendo a Gallagher y Zahavi (2014):

La realidad del objeto no está localizada más allá de su apariencia, como si la apariencia escondiera de un modo u otro el objeto real. Aunque la distinción entre apariencia y realidad debe ser mantenida (dado que algunas apariencias son engañosas), los fenomenólogos no la entienden como una distinción entre dos reinos separados (que caen bajo el campo de, por ejemplo, la fenomenología y la ciencia, respectivamente), sino como una distinción interna al fenómeno —interna al mundo en que vivimos—. Es una distinción entre la manera en que podrían aparecer los objetos en una mirada superficial, o desde una perspectiva menos óptima, y cómo podrían aparecer en las mejores circunstancias, sea en el uso práctico o a la luz de amplias investigaciones científicas. Es más, solo en la medida en que el objeto aparece de un modo u otro puede tener algún significado para nosotros. (p.49)

La fenomenología va más allá de la dicotomía adentro-afuera, la experiencia no sólo sucede en el espacio mental y es totalmente posible construir un método a su alrededor. El primer paso para este método fenomenológico consiste en poner entre paréntesis o suspender la actividad natural, que es la creencia de que la realidad está ahí, esperando a ser estudiada. Es necesario abandonar esta actitud dogmática para acercarnos a la realidad tal cual ésta se nos da a través de la experiencia o epoché. No dar al mundo por sentado permite desarrollar una actitud reflexiva para investigarlo en su significación y manifestación para la conciencia (Gallagher & Zahavi, 2014).

Un siguiente paso es la constitución o el proceso que posibilita la aparición de las cosas y su significación; es decir, sin conciencia no hay aparición. Los objetos se constituyen, se revelan como lo que son y se experiencian como resultado de la estructuración de la conciencia. Después, llega el momento de la reducción fenomenológica, cuyo objetivo es “analizar la interdependencia correlativa entre estructuras específicas de la subjetividad y modos específicos de aparición o donación” (Gallagher & Zahavi, 2014: 53). Es decir, cuando nos ponemos los lentes de la fenomenología, nos deja de interesar lo que son las cosas (si son pesadas, grandes, de colores, etc) y nos enfocamos en la forma en la que aparecen, correlacionándolas con nuestra experiencia.

De este modo, la aplicación del método fenomenológico nos lleva a las estructuras de la experiencia y las formas de entendimiento con las que se relacionan las apariciones. Dicho de otro modo, “somos guiados a los actos de presentación —la percepción, juicio o valoración— y con esto al sujeto (o sujetos) experienciador(es) en relación con el cual (los cuales) el objeto como aparición debe ser comprendido necesariamente” (Gallagher & Zahavi, 2014: 53). Si queremos saber cómo aparecen las cosas del modo en que lo hacen, con determinado significado, debemos examinar al sujeto experimentador al que se le muestran.

Al cambiar la actitud natural por una de estar-en-el-mundo, la fenomenología trata sobre mucho más que la conciencia e implica la forma en la que experienciamos al mundo, nuestra relación con los otros y nuestro papel en distintas prácticas y acciones que definen nuestro día a día. Por lo tanto, esta corriente de pensamiento debe entenderse como un análisis de las distintas maneras de descubrir al mundo, tomando en cuenta a la imaginación, la percepción, la memoria, las emociones; es un estudio de las estructuras de la experiencia y el entendimiento.

Una vez que ya hemos ahondado en la cuestión del significado para la fenomenología, es momento de transportar todo ello a la ciudad, y de manera más específica, al barrio.

¿Por qué, si la fenomenología parte de las experiencias particulares, usarla para un estudio sobre un fenómeno social, que atañe a un gran número de personas? En palabras de Lyotard, “Para el fenomenólogo lo social no es objeto en manera alguna: es captado como vivencia y se trata (…) de describir de modo adecuado esa vivencia para reconstruir su sentido” (Lyotard, 1989: 109). Es decir, se usa a la fenomenología porque, a partir de la experiencia y de la construcción de sentido, permite entender diversas situaciones. Aunado a esto, se busca trabajar con distintos significados sobre una misma problemática como lo es la gentrificación, entendiendo que no hay una verdad absoluta sobre el tema— o ningún otro— porque los significados siempre están en construcción, revisión y movimiento.

Las calles de la ciudad y los espacios del barrio generan multiplicidad de sentidos, tanto de nosotros, como de los otros y del propio espacio; se configuran como “el lugar de producción y reproducción de la subjetividad expresada en múltiples aspectos: en cuanto a lugares de procedencia de sus sujetos, tiempos de permanencia en el barrio y variedad de medios para relacionarse entre sí; además, diferentes modos de recordar u olvidar” (Franco Silva & Pérez Salazar, 2009: 415). Estos significados se construyen con base en las interacciones con los otros, con el propio espacio, con nuestras experiencias y con base en nuestro mundo de vida, que es el mundo de nuestras experiencias vividas inmediatas. Con base en todos estos elementos, le damos sentido a nuestro entorno y a lo que en él sucede. Situaciones como la gentrificación llegan a alterar esos esquemas de sentido, pues distorsionan nuestras experiencias y cambian los significados de lugares y relaciones. Así mismo, se trata de un proceso que en sí mismo está sujeto a múltiples sentidos. Un gentrificador no entiende al problema de la misma manera que un funcionario de gobierno o que un vecino— quien probablemente sabe que su barrio está cambiando, pero que quizás no sabe cómo nombrar lo que está sucediendo.

Comunicación y fenomenología: enfoques teóricos para estudiar las condiciones de posibilidad de los actos y comportamientos comunicativos

Es momento de hacer una síntesis de los conceptos y la manera en la que se relacionan. De la visión biofenomenológica de la comunicación, tomaremos los recursos cognitivos de los sujetos involucrados, en este caso los vecinos, y la intencionalidad en el uso de esos recursos, que surge como respuesta a estímulos de su entorno. Es decir, los recursos cognitivos de un vecino responden a un sentimiento de amenaza, de ataque contra la forma de vida y la relación que hasta ahora se ha mantenido con el barrio. Recordemos que, de acuerdo con esta postura, la información surge de la actividad cognitiva del ser cognoscente (Romeu, 2019) y que con esta información se interpreta la realidad. Pero, ¿cuáles son estos recursos? Aquello que se percibe, la manera en la que se percibe, desde dónde y cuándo se percibe, la valoración que se le da a aquello que se percibe. Por ejemplo, un vecino que ha vivido durante años en el mismo barrio y que ha podido ver cómo ha cambiado a lo largo de varias décadas, percibirá a las cosas de manera distinta que alguien que no habita en el barrio o que recién se mudó. Una persona y sus experiencias sólo pueden ser entendidas a partir de su contexto.

En cuanto a la fenomenología, la cuestión central girará en torno a la experiencia: qué se siente y cómo se vive lo que se siente. ¿Cómo es que un vecino reacciona ante la destrucción de inmuebles catalogados y la aparición de nuevos edificios? ¿Reacciona con ira, tristeza, resignación? ¿Qué hace al respecto? ¿Cómo es el contexto en el que experimenta las cosas? Saber cómo una persona siente y vive algo es básico para entender el sentido con el que lo dotará.

Ya hemos desmenuzado a aquello que buscamos estudiar, así que ahora es momento de pasar al cómo. En el siguiente apartado de describen los pasos tomados para la realización de esta investigación.

Metodología

Para conocer la manera en la que los sujetos crean significados sobre la gentrificación, se ha elegido una estrategia metodológica cualitativa. En el libro Metodología de la investigación, Hernández Sampieri, Collado y Lucio definen a este enfoque de la siguiente manera:

…una aproximación que refleja la necesidad de comprender los fenómenos bajo la perspectiva de quienes los experimentan. Para este enfoque existen varias realidades subjetivas. Utiliza la lógica inductiva y se basa en un proceso circular con etapas que ocurren simultáneamente. Pretende explorar, describir y entender los fenómenos o problemas bajo estudio (Hernández Sampieri, Collado y Lucio, 2014).

Dado que esta investigación pretende conocer el proceso de formación de significados sobre la gentrificación de algunos colonos de la colonia Santa María la Ribera, el enfoque cualitativo permitirá un mejor entendimiento de la manera de pensar, motivaciones, expectativas, historias personales y emociones de los vecinos. Además, se trata de un enfoque útil para trabajar a profundidad un número reducido de casos de estudio. La gentrificación es una problemática con altos costos sociales, entre los que se incluyen el blanqueamiento de los barrios, el despojo y el desplazamiento de poblaciones vulnerables. Se trata de un fenómeno que sucede en todo el mundo, aunque sus maneras de presentarse varían de país en país, por lo que se requiere de un acercamiento cualitativo para entender las realidades de los distintos grupos afectados. Este enfoque también resultará útil para comprender cómo los habitantes de una colonia en proceso de gentrificación en la Ciudad de México entienden y dan sentido al fenómeno.
Los métodos utilizados para obtener información son los siguientes:

  • Documental: Consiste en la revisión de toda la literatura escrita en torno a un tema, con el fin de poder establecer una postura con respecto al mismo. Realizar una investigación documental implica estudiar lo que otros han escrito sobre un fenómeno, para poder conocer su desarrollo, las diferentes visiones sobre las que se le ha abordado y así escoger o proponer un nuevo acercamiento. Se eligió este método ya que permite comprender la naturaleza y origen del tema estudiado y porque brindará pistas sobre cómo tratarlo desde la comunicación y no desde otras disciplinas como el urbanismo.
  • Observación participante: “Método de recolección de datos cualitativos que registra sucesos, eventos, interacciones, fenómenos, procesos, etc, en formatos y notas” (Hernández Sampieri, 2014). Implica, además de observar, involucrarse de manera activa en el grupo y situación que se estudia, así como un estado de atención permanente. Se eligió este tipo de observación porque permite un alto grado de interacción con la población estudiada y da la oportunidad de conocer de manera cercana las experiencias, roles y actitudes de los sujetos.
  • Entrevista cualitativa con el enfoque de historia de vida: “Narrativas de la vida de un individuo, pasajes o épocas de su existencia o uno o varios episodios, experiencias o situaciones de las personas, vinculadas con el planteamiento del problema” (Hernández Sampieri, 2014). Bajo un enfoque fenomenológico, este método otorga a los propios sujetos la oportunidad de narrar sus historias y dar sentido a sus experiencias. La historia de vida permitirá saber cómo ciertos fenómenos inciden en la cotidianidad de los grupos sociales. Un personaje o individuo es un cúmulo de relaciones sociales, por lo que las historias de los vecinos elegidos pintarán una imagen de toda una comunidad. Las historias de vida dan al investigador la oportunidad de entender contextos sociales a partir de la subjetividad, razón por la cual resultan de suma utilidad.

En lo que respecta a la muestra, ésta se eligió con base en el criterio de casos-tipo, es decir, se eligió a dos personas clave para entender a la gentrificación en la Santa María la Ribera. Su importancia radica en el hecho de que están tras la creación de Santa Mari la Juaricua, están familiarizados con la gentrificación y con el barrio y tienen muchas conexiones sociales en la zona. Sobre las características, tamaño y composición de la muestra: se estudió una muestra compuesta por dos sujetos identificados como casos-tipo, que son:

1) Jorge Baca: vecino de cuarta generación de la Santa María la Ribera. Hombre mexicano en sus 50s, de clase media, artista, uno de los creadores de Santa Mari la Juaricua.
2) Sandra Valenzuela: mujer mexicana en sus 40s, vecina ocasional de la Santa María la Ribera y residente de la Juárez; perteneciente a la clase media. Junto con Jorge, creó a Santa Mari la Juaricua.

En total, se realizaron 6 horas de entrevistas a los sujetos (3 horas por persona) en tres sesiones de preguntas cada uno. Para fines de análisis de la información, las respuestas se dividieron en torno a tres grandes ejes: (1) percepción del fenómeno (los cambios sufridos por el barrio); (2) la historia de los sujetos (contexto de historia personal) y (3) evaluación del fenómeno (cómo lo vivió y cómo reaccionó).

Tablas (ver archivo adjunto)

Resultados preliminares

En la formación de un significado sobre la gentrificación, influyen tanto el contexto personal, como la permanencia en el barrio, las interacciones con los vecinos y la manera en la que cada uno vive el fenómeno. (Tanto Sandra como Jorge son artistas, tienen posgrados, vienen de contextos de clase media y han tenido la oportunidad de residir en el extranjero. Además, los dos se dedican o han dedicado a la docencia. Sin embargo, la diferencia principal entre ambos radica en que Jorge sí tiene ataduras familiares y sentimentales con el barrio, mientras que Sandra realmente siempre ha vivido una experiencia ‘nómada’ y no se siente de un lugar en específico. Esto explica que Sandra no vea al fenómeno en términos de buenos y malos y que trate de ver cuáles son las motivaciones de cada uno de los actores que participan en la gentrificación, sin darle la razón a nadie; experimenta al fenómeno de manera más racional. Por el contrario, Jorge experimenta al proceso de forma visceral y muy emotiva, ya que percibe que el barrio es parte primordial de la historia de su familia y ese pasado/memorias/recuerdos se ven amenazados por la gentrificación.

Sandra se asume como primera ola de gentrificación en varias ciudades, lo cual también forma parte del significado que le da al fenómeno. Es decir, no lo ve como algo de buenos y malos ni como algo inmediato, sino como un proceso que conlleva años y distintas etapas, de las cuales los artistas forman parte. Por otro lado, Jorge se asume como artista activista y no ve problemática la relación entre su profesión y la gentrificación, sino todo lo contrario: piensa que con su arte está visibilizando y a veces solucionando problemas que el gobierno ha fallado en atender. Aunado a esto, vive en una casa que ha sido propiedad de su familia durante varias generaciones y renta algunas de las habitaciones a artistas que quieren vivir en la Santa María. Otra contradicción es que él funciona como una especie de ‘facilitador’ o ‘guía’ para los artistas que se mudan al barrio, con lo cual, de manera directa, está formando parte del proceso de gentrificación. Esto se explica en que es una figura reconocida en el barrio, la gente confía en él y, a partir de los distintos proyectos que ha emprendido, es una cara visible de los habitantes de la colonia. Por ello, los artistas que llegan a la Santa María lo buscan para integrarse a la comunidad. Otro punto importante es que si bien Jorge desaprueba la aparición de negocios frívolos en la zona, sí le gustan e incluso promueve lugares dedicados al arte.

Esto tal vez se puede explicar en el hecho que todo lo que él vive y hace gira en torno a la colonia; es decir, no busca beneficiarse de la zona, sino hacer algo que sea útil para ésta. Por ello, apoya la creación de proyectos que puedan tener una especie de retribución, aunque sea simbólica, al barrio y la vida de sus habitantes.

Respecto a la relación de cada uno con su entorno, cabe resaltar que Jorge vivió distintas etapas de la Santa María la Ribera, con lo cual generó una especie de conexión y conocimiento hacia el lugar. Precisamente Jorge regresa a vivir a la colonia cuando ésta pasaba por uno de sus peores momentos de inseguridad, situación ante la cual emprende distintos proyectos para recuperar el sentido de comunidad. El ver cómo la gente pasó de tener miedo de estar en el espacio público, a reencontrarse, hace que el espacio y el lugar sean de gran importancia para él. Por eso, la llegada de nuevos edificios y colonos representa un paso atrás de aquello que había logrado.

Un punto importante es que tanto Sandra como Jorge han tomado parte activa en la vida pública de sus barrios, aunque sus experiencias han sido muy diferentes, cosa que también afecta a la evaluación que hacen de la gentrificación. Por ejemplo, ante la llegada de un vecino rico que parecía poner en riesgo un inmueble de gran valor histórico, Sandra organizó a sus vecinos. Sin embargo, el proceso fue desgastante y Sandra terminó decepcionada. Es más, tuvo una mejor experiencia con el vecino rico, con quien llegó a organizar proyectos en favor de la comunidad. Por otro lado, a su regreso al barrio, Jorge empezó poco a poco a reintroducirse en la vida vecinal y tuvo una buena experiencia, pues la gente no sólo lo reconocía, sino que apoyaba y agradecía sus iniciativas. Su sentido de pertenencia al barrio, así como el reconocimiento de parte de los vecinos inciden directamente en la construcción de un significado positivo sobre su comunidad. Mientras Sandra piensa que no todos los colonos son buenos y víctimas y que pueden llegar a ser oportunistas, Jorge los valora de manera más positiva.

Algo relevante es que ambos comparten un significado de gentrificación como algo irreversible, razón por la cual diseñaron distintas estrategias creativas para visibilizar al problema, no para solucionarlo. Y un resultado inesperado de esta visibilidad fue la recuperación de un sentido de comunidad entre ciertos habitantes de la Santa María la Ribera.

Santa Mari la Juaricua emerge como una santa para una causa perdida, que a la vez que impactó a vecinos, también atrajo la atención de otros artistas y extranjeros, quizás también contribuyendo a caracterizar a la Santa María como un barrio con una personalidad ‘curiosa e interesante’, que la vuelve más atractiva para la gentrificación. Santa Mari contribuyó a ponerle un nombre y un sentido al fenómeno por el que pasaba el barrio.

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